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martes, 9 de enero de 2018
René Martínez, el líder LGBTI silenciado por la violencia
En esta quinta entrega de la serie periodística
sobre la impunidad en los crímenes contra personas LGBTI en Honduras, la
historia de René Martínez, líder político y comunitario del distrito de
Chamelecón, en San Pedro Sula
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| René Martínez vivía en Chamelecón y era presidente de la Comunidad Gay Sampedrana. |
La frontera es una calle entre las colonias San Juan y 15 de Septiembre en
el distrito de Chamelecón, al sur de San Pedro Sula, que divide los territorios
donde imponen su ley a la fuerza, por medio de las amenazas, el caos y la
muerte, las más violentas pandillas de Honduras: la Salvatrucha y la 18. Esa
franja divisoria es un territorio extraño y cruzado de callejones.
El hallazgo del cadáver de Reny, estrangulado y con señales de tortura,
es como un comentario cruel en la horrorosa página de su muerte porque René,
también llamado Reny, se movía, como muchos miembros de la comunidad LGBTI, en
una frontera incómoda entre los prejuicios y la aceptación, la simpatía y el
odio.
A pesar de las luchas diarias que, por la forma de vida que han
escogido, deben afrontar los miembros de la comunidad a la que pertenecía, Reny
se convirtió en un líder de los grupos LGBTI de la costa norte de Honduras. El
esfuerzo continuo para imponerse ante la sociedad como seres humanos dignos de
respeto y participación no era, en el caso de Reny, una excusa para dejar de
actuar, sino, al contrario, el motor que lo impulsaba. Trabajaba en muchas
áreas. Era procurador de derechos humanos, voluntario del Centro de Alcance y
del patronato de la colonia Suyapa, presidente de la Comunidad Gay Sampedrana
para la Salud Integral, empleado de la alcaldía y activista del Partido
Nacional. Trabajaba también en proyectos financiados por la Unión Europea y Estados
Unidos.
La multitud de intereses que caracterizaba a Reny no era algo nuevo. En
la adolescencia incluso había acariciado la idea de convertirse en sacerdote,
pues desde que era niño se involucraba en las actividades de la Iglesia
católica.
A comienzos de junio de 2013, cuando lo raptaron para matarlo, Reny tenía
una semana de haber celebrado su cumpleaños número 40 en un local comunitario con
sus compañeros y amigos más cercanos. Hacía poco tiempo había regresado de un
viaje a República Dominicana.
La mañana del secuestro, Reny, de piel trigueña clara y cabello
ondulado, salió de la casa de la Suyapa donde vivía con su mamá, su hermana y
sus cuatro sobrinos. Estuvo, como siempre, sumamente ocupado, coordinando
actividades y yendo de un lado a otro para cumplir sus muchas ocupaciones y sus
compromisos familiares y políticos.
Era un día normal de mayo, nublado y caluroso, y Reny se vistió normalmente,
como le gustaba. Había una contradicción interesante entre la poca vistosidad
en la forma de vestirse de Reny y su personalidad abierta y desacomplejada. Regresó
a casa por la tarde y estuvo descansando hasta las 6:00 pm. A esa hora, su
madre escuchó que lo llamaban y lo vio salir, supuestamente al Centro de
Alcance donde ofrecía sus servicios como voluntario.
Esa fue la última vez que ella lo vio con vida.
Reny no ocultaba sus preferencias sexuales y estaba orgulloso de ser
como era. Su romance más reciente con un joven había terminado hacía poco. Pero
incluso su vida amorosa estaba en segundo plano respecto a su trabajo
comunitario y sus ambiciones políticas: se estaba preparando para aspirar a una
diputación suplente porque entendía que eso podría permitirle impulsar más los
proyectos e ideas que llevaba desarrollando desde hacía años.
Una de las frases favoritas de Reny era “voy a hacer que la Suyapa sea
la mejor”. Su trabajo integral abarcaba todos los frentes. Estaba preocupado
por mejorar los servicios comunales en su colonia por medio de su trabajo en el
patronato y su activismo en política, y anhelaba rescatar a los jóvenes en
riesgo dándoles la oportunidad de desarrollarse en los Centros de Alcance. Reny
era una de las voces de la Suyapa porque, según el punto de vista de algunos
vecinos, las instituciones comunales eran, como suele decirse, de bajo perfil.
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| Una de las frases favoritas de René Martínez era "haré que la colonia Suyapa sea la mejor". |
Una de las labores más importantes para Reny estaba en la presidencia de
la Comunidad Gay de San Pedro Sula. Sin embargo, trabajar con tantas
instituciones y en labores vistas con sospecha por ciertos sectores retrógrados
de la sociedad era, también, una posible causa de dificultades para Reny. Tenía
en contra, por un lado, la envidia de quienes podían ver de menos el talento de
Reny para abrirse paso en la vida política local; por otro lado estaban quienes
rechazan a las personas pertenecientes a la comunidad LGBTI.
En 2014, Reny dio un paso
gigantesco en su trabajo a favor de la comunidad gay al conseguir que la
alcaldía sampedrana y los sectores LGBTI se acercaran.
A pesar de toda su labor por la comunidad, o tal vez más bien a causa de
ella, Reny se había conseguido enemigos.
Esos enemigos fueron quienes pusieron en marcha los acontecimientos que
acabaron con su vida.
El cadáver de Reny estaba ennegrecido por el
sol, sin heridas visibles.
Las autoridades llegaron a recoger
el cuerpo el miércoles primero de junio sin saber que era él. No le hallaron
documentos y los rayos del sol le habían quemado tanto la piel que nadie supo
al principio de quién se trataba. Lo hicieron ingresar como desconocido.
Días antes de que lo hallaran en la frontera, Reny no había llegado a
dormir a la casa que compartía con sus familiares, pero su madre no se preocupó
en exceso. Sabía que Reny se quedaba en ocasiones en otras casas, donde lo agarrara la noche, como dicen
los hondureños, porque no le agradaba la idea de arriesgarse inútilmente. Sus
amigos aseguraban que Reny no había recibido amenazas serias, al menos no que
ellos supieran.
El jueves 2 de junio, segundo día de
la desaparición, comenzaron las llamadas para saber dónde se encontraba Reny
sin saber que, esas alturas, su cuerpo ya estaba como desconocido en los
congeladores de la morgue sampedrana. Empezaron a postearse fotografías de Reny y mensajes en las redes sociales
pidiendo información sobre su paradero. Reny era un aficionado a las redes
sociales y las usaba a diario, entre otras cosas, para movilizar a sus
compañeros en la alcaldía y el movimiento gay que presidía. Publicaba, en las
redes, noticias sobre todas las actividades en que estaba involucrado porque
opinaba que el público era demasiado indiferente y se hacía necesario
mantenerlo informado de todas las maneras posibles. Su intención era que la
comunidad estuviera en movimiento, resolviendo la gran cantidad de problemas de
la colonia Suyapa y de todo Chamelecón. Era tan insistente en sus mensajes que
sus amigos le decían, en broma, que a veces no los dejaba dormir.
La madre de Reny estaba muy
preocupada, pero aun así todavía le quedaban esperanzas.
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| El distrito de Chamelecón está el sur de San Pedro Sula. |
Al tercer día, viernes 3, ya no era
posible esperar más. La madre de Reny fue a los sitios de rigor a los que va
todo hondureño que no ha sabido nada de un familiar durante días. Uno de esos
lugares es la morgue de Medicina Forense, al noroeste de San Pedro Sula, en la
colonia Jardines del Valle. Ella llegó a la morgue, pero no pudo identificar a su
hijo, aunque Reny estaba ya entre los cadáveres en depósito.
Horas después, representantes del
Partido Nacional se dirigieron a Medicina Forense y lograron identificar el
cuerpo de su compañero: sí, era Reny.
La búsqueda había terminado.
El caso de René Martínez sigue abierto.
Durante los primeros siete meses
después del hallazgo del cuerpo de Reny, muchos sectores siguieron de cerca su
caso porque varias instituciones con las que él mantenía vínculos, entre ellas
la Unión Europea y la embajada de EUA, insistían en que las autoridades hondureñas
se ocuparan de resolver el crimen y capturar a los culpables materiales e
intelectuales del asesinato de Reny.
El caso, aparentemente, se había
dado por cerrado cuando miembros de la Policía Militar del Orden Público (PMOP) mataron, la tarde del 26 de junio de
2016, a Walter
Odelí Villanueva Sánchez, alias el Bunker, supuesto implicado en la muerte de Reny, cuando
con varios
compañeros suyos se enfrentó a tiros a los agentes.
Sin embargo, el portavoz del
Ministerio Público de San Pedro Sula aseguró en noviembre de 2017 que la investigación
sigue abierta.
Enterraron a René Martínez el sábado
4 de junio de 2016 en el cementerio municipal de la colonia Buenos Aires, en
Chamelecón. Cubrieron el ataúd con la bandera multicolor del movimiento gay y
con la bandera verde de su equipo, el Marathón, de San Pedro Sula.
Solo dos o tres de los compañeros de
Reny en el movimiento gay siguieron yendo a la oficina porque a la mayoría le
dio miedo presentarse. Una de sus muchas razones para dejar de ir fue que los
policías llegaban cuando menos los esperaban con la intención de llevarse gente
para las investigaciones. La falta de apoyo institucional también influyó en la
desbandada. En los últimos meses de 2017 se ha estado hablando de cerrar
definitivamente la oficina del movimiento.
A pesar de que las autoridades
hondureñas recibieron la cooperación de EUA por medio de un investigador
colombiano en el caso de Reny, hasta la fecha, los autores intelectuales de su
asesinato siguen libres.
lunes, 8 de enero de 2018
El último día del bailarín hondureño Nino Emil Ramos
Impune como más de 200 asesinatos contra la comunidad LGBTI, la muerte en febrero de 2016 del bailarín progreseño Nino Emil Ramos dejó un hueco en la comunidad artística de Honduras
Adiós al Billy Elliot hondureño
En la cuarta entrega de la serie sobre la impunidad en los homicidios contra la población LGBTI en Honduras, el relato del último día en la vida del joven bailarín de ballet Nino Emil Ramos
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| Nino Ramos era un sobresaliente bailarín progreseño. |
Desde niño soñaba con bailar: algunos lo comparaban con el
protagonista de la película Billy Elliot,
ya que traía en las venas la pasión por la danza. Nino Emil Ramos Flores salió de
su casa el viernes 12 de febrero de 2016 a las 9:00 pm.
Unas horas después, lo hallaron
muerto a machetazos.
La historia de Nino es única e
irrepetible como la de las 280 personas LGBTI que, según la organización
Cattrachas, han muerto violentamente en Honduras desde 2008 hasta diciembre de
2017.
Si en algo se parecen casi todas
esas muertes, es en que no hay culpables capturados por ellas. De hecho, según
las estadísticas de Cattrachas, al menos 60 casos del total de 280 han sido
judicializados. En el caso de Nino, quien siempre mantuvo en privado su
orientación sexual, a la impunidad por no haber sido ni siquiera judicializado se
agrega la sospecha de sus familiares de que las autoridades no se han tomado en
serio su trabajo ni han hecho todo lo posible por encontrar a los responsables
del crimen.
El día en que desapareció, Nino tenía
mucho que hacer. Era un joven activo, atlético, trabajador y jovial. Como se
acostumbra decir, era el centro de la fiesta, siempre alegrando con su risa
contagiosa a quienes lo rodeaban. Era viernes, sábado chiquito, como dicen en las ciudades hondureñas, y ni
siquiera el pronóstico de lluvia le quitaba la alegría a Nino. De hecho, los
días lluviosos eran sus favoritos: cuando hacía frío y llovía le gustaba dormir
de más.
Arregló las cosas de su cuarto en la
casa situada en la frontera entre las colonias Palermo y Fraternidad de la Paz,
en El Progreso, donde vivía. Dejó la camera y las fundas de su cama
perfectamente alisadas, como le habían enseñado en el Liceo Militar del Norte,
donde sacó la secundaria. Se bañó y se vistió. Le puso comida a Delilah, la
perrita de raza husky que su hermano Cristian
le había regalado en diciembre del 2015, y jugó un poco con ella. Delilah
dormía en la cama de Nino; él la llevaba a todas partes y la llamaba mi hija. Era una perrita vivaz, de pelo claro.
Temprano por la mañana recibió una
llamada de su prima Diana Ramos. Nino, que esa tarde tenía que ir a San Pedro a
arreglar asuntos de trabajo, le prometió traerle un celular que le estaban
reparando. Él trabajaba desde hacía 12 años como administrador del negocio
familiar, la Hojalatería Ramos, fundada 30 años atrás por su padre, Bernandino
Ramos Funes.
Nino había decidido abandonar el
baile porque no ganaba bien en su último trabajo en la danza y porque, como les
había contado a sus amigos y familiares, en Honduras a nadie le importaban las
artes. Había resuelto dedicarse por entero a trabajar con su familia en el
negocio situado en la segunda calle de la colonia Palermo para obtener mejores
ingresos y apoyar a su familia; en la hojalatería, las cosas no iban bien y estaba
casi en la quiebra.
A pesar de sus nuevos planes, bailar
profesionalmente había sido durante años su pasión principal. Cuando su madre
partió a Estados Unidos en el año 2000, llevándose a su hijo menor, Nino no
pudo sacar los papeles para irse con ellos porque ya tenía 17 años, una edad
demasiado avanzada, según las leyes estadounidenses. El destino trabaja de
formas extrañas: si Nino se hubiera ido de Honduras hace 17 años, su historia
sería distinta y no tendríamos que escribir este relato. Su tía se convirtió en
su segunda madre. A los 18 años de edad, Nino se fue a vivir a Tegucigalpa,
donde se aficionó al baile y, más tarde, a la danza árabe y al estilo llamado bellydance, o baile del vientre, al
conocer en la universidad a la bailarina Jimena Carías.
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| Nino Ramos vivió en Tegucigalpa, donde se aficionó al baile. En San Pedro Sula trabajó para Adagio Dance Studio. |
Después de graduarse de mercadotecnia,
Nino se mudó a San Pedro Sula, donde continuó practicando baile y recibió
clases del periodista y bailarín Georgino Orellana, quien, por cierto, fue asesinado
el 20 de abril de 2010 cerca del estadio Francisco Morazán. Nino trabajó en
Adagio Dance Studio, en la 9 calle y 14 avenida, y organizó eventos
internacionales, como la presentación de la bailarina estadounidense Sadie
Marquardt en el teatro Francisco Saybe en agosto de 2013.
Cuando Nino murió, tenía unos tres
años de haber regresado a vivir en El Progreso.
El cuarto de Nino tenía forma de
U, con dos puertas, la que comunicaba con el garaje y la que daba a la sala de
la casa. Después del almuerzo salió por la puerta que daba a la sala.
Llegó a las 2:00 pm, solo,
manejando el pickup del negocio de su papá, al bufete donde trabajaba su prima
Diana para recoger el papel con el que iba a reclamar el celular en el taller
de San Pedro.
Estuvo en el trabajo de Diana
hasta un poco después de las 3:00 pm. Volvió a subirse en el pickup y se fue a
San Pedro Sula. Un poco después, Diana intentó hablar con él por teléfono, pero
no le contestó; su celular sonaba apagado. Más tarde, ella volvió a intentar
comunicarse, esta vez por Facebook, pero nada. Diana no se preocupó demasiado,
pero ella y Nino eran como hermanos y pasaban pendientes uno del otro. Eran uña
y carne.
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| Nino Ramos organizó presentaciones de baile nacionales e internacionales. |
A las 7:40 pm, Nino volvió a la
casa de Diana, pero sin el celular. Se disculpó, diciendo que no le había
quedado tiempo de recogerlo. Diana lo hizo prometer que iría al día siguiente a
traer el teléfono y ella, a su vez, le prometió recordárselo llamándolo a las
7:00 am. Quién para saber que ninguna de las dos promesas se cumpliría.
Nino se quedó platicando con su
prima mientras ella cuidaba a su niña. Diana era el único de sus familiares con
quien Nino podía hablar abiertamente de su orientación sexual. Con el resto de
su familia, en cambio, optaba por mantenerse en silencio.
Diana preparó el pepe, como llaman
al biberón en Honduras, de su hija mientras Nino sostenía a la bebita que, en
un descuido, se le orinó encima. Diana tomó a la niña y, en ese momento, Nino
recibió una llamada a su celular. “¿Dónde estás? Bueno, ya voy”, le dijo a su
misterioso interlocutor.
La tía de Nino le ofreció cena,
pero él no la aceptó porque, según dijo, ya había comido y andaba el estómago
lleno. Eran las 8:00 y Nino se despidió. Diana, con su bebé en brazos, fue con
él hasta la puerta, pero no lo acompañó más lejos porque estaba lloviendo
fuerte. Lo vio alejarse, reflejado en los charcos de la calle.
Todo estaba bien. Diana se imaginó
que Nino aprovecharía el frío que tanto le gustaba para irse a casa a dormir
bien arropado. Pero el infortunio llega sin avisar.
Esa fue la última vez que Diana lo
vio con vida.
Las cosas empezaron a torcerse entre 5:00 y 6:00 am del
sábado 13, cuando Diana llamó a Nino para recordarle que le trajera el teléfono
de San Pedro Sula y el celular sonó apagado. Siguió llamándolo toda la mañana,
pero tuvo la misma suerte. Diana desistió de seguir llamando y se dedicó a las
tareas de la casa hasta las 11:00 am, cuando la madrastra de Nino la telefoneó
preguntándole por él. “Lo ocupan para algo en la hojalatería”, dijo. Diana le
contó lo de las llamadas, colgó y siguió ocupada con su niña.
Esa tarde, Lesly Flores, madre de
Nino, llamó a Diana. La señora se había vuelto a casar en EUA y estaba en
Honduras porque planeaba establecerse de nuevo en su país de origen. Preguntó
por Nino y Diana contó la historia; agregó que era mejor ir a la policía porque
el asunto se le hacía extraño. Nino no dejaba el celular apagado, argumentó.
“Él no es así”.
Doña Lesly llamó otra vez a Diana
a las 4:00 pm y Diana volvió a decirle lo mismo: el celular de Nino sonaba
apagado. ¿No era mejor ir a la policía? Diana se ofreció a ir con ellos a la
jefatura, pero oyó la voz del padre de Nino hablando al fondo: “Mejor no. Esa
misma pasada la ha hecho Nino ya antes. ¿Para qué hacer tanto escándalo?”. Diana
pensó que eso no era del todo cierto: cuando Nino se iba de casa, siempre
avisaba.
Esa noche había un evento en San
Pedro Sula en el que estaba el periodista Sabino Gámez, uno de los mejores
amigos de Nino. Desesperada por saber de Nino, Diana se fue al evento y le
preguntó a Gámez si sabía algo. Gámez empalideció al decir que no y,
preocupado, llamó a otro amigo de Nino. Su amigo contó que Nino le había
propuesto ir al estadio ese sábado temprano a ver el partido del equipo de
fútbol Honduras Progreso, pero le había sugerido que, en vez de ir al estadio,
fueran a tomar algo. Nino no aceptó. Eso fue lo último que su amigo supo de
Nino.
El domingo, la madre de Nino llegó
a casa de Diana. Estaba llorando, los ojos hinchados, angustiada, sin saber qué
hacer. ¿Dónde, dónde estaba Nino?
Decidieron ir a la policía. Antes
de irse, Diana telefoneó al abogado Marlon Rodríguez y él prometió llegar más
tarde a ayudarlas. Ella y doña Lesly llegaron a la posta de la Policía Nacional
frente al cementerio. Diana puso la denuncia presentándose como hermana de Nino.
Esperaron que las dejaran pasar y Diana le enseñó a un investigador la foto del
carro de Nino, un Pontiac Vibe blanco del 2007 que el hermano de él le había
regalado cuando Nino cumplió 33 años un mes antes, el 21 de enero.
El investigador terminó de apuntar
todos los datos que le estaban dando, vio la foto del Pontiac blanco e hizo una
mueca de intriga. Diana quedó igual de intrigada al ver la cara del
investigador, quien le pidió a la mamá de Nino el fólder con los documentos del
carro y comenzó a dirigirse a la puerta trasera. “Espéreme acá”, le dijo a
Diana al ver que ella se levantaba del asiento. Diana no hizo caso. El
investigador salió y lo que Diana vio hizo que su corazón le saltara dentro del
pecho.
El carro de Nino estaba en el
estacionamiento.
Lo habían hallado abandonado y
encendido en la colonia San Jorge.
Diana sintió que el cuerpo se le aligeraba.
El carro estaba sucio, pero intacto y sin abolladuras. Entonces, a lo mejor,
Nino estaba preso por haber cometido alguna travesura. Tenía sus momentos de
locura, como mucha gente, y con unos tragos encima… Ya antes había hecho
algunas cosas indebidas cuando salía con sus amigos, pero nada grave, en
realidad. Sí, a lo mejor era eso, respiró Diana.
En ese momento llegó el abogado
Rodríguez, saludó a Diana y su madrina y se puso a platicar con los
investigadores. ¿Usted conoce a Nino Emil Ramos?, le preguntaron. Claro, dijo,
lo conocía desde que estaba así de chiquito. ¿Cómo es él?, le preguntaron a
Diana. Un muchacho blanco, sin tatuajes, con frenillos en los dientes, ¿por
qué? El policía le mostró la pantalla de su celular al abogado, pero se
descuidó y Diana le arrebató el teléfono. Sintió que el piso se hundía.
En la pantalla aparecía Nino, sin
camisa, con jeans y faja, cubierto de sangre y heridas, los brazos
completamente lacerados, tirado en algo parecido a un solar baldío. Lo habían matado
de diez machetazos, casi todos en el cuello.
Nadie ha pagado por la muerte violenta de Nino Emil Ramos.
Como es común en Honduras, su caso ni siquiera está
judicializado. Se encuentra, por así decirlo, en el vacío investigativo al que
van a dar los miles de expedientes de personas que, como Nino, mueren violentamente
cada año en Honduras. Luis Velásquez, sociólogo que trabaja para el Centro Universitario
Regional del Litoral Atlántico, opina que casos como este no son prioridad para
las instituciones públicas porque no se trata de miembros de las familias de
mayor poder político y económico del país y porque falta demanda social de
justicia.
A Nino lo raptaron tres hombres,
según los policías. Uno de los secuestradores -y, luego, asesinos- condujo el
Pontiac blanco mientras los otros dos agarraban a Nino. Había, agregaron los
investigadores, señales de lucha dentro del carro: un navajazo o puñalada que
tasajeaba el asiento de enfrente, al lado del conductor.
Nino era joven y fuerte, medía
1.86 metros de estatura, llevaba años de ejercitarse con el propósito de
mantenerse flexible para el baile y solía transportar sobre los hombros grandes
cargas en su trabajo en la hojalatería. Debido a la fortaleza física de Nino, según
las investigaciones, logró escaparse en algún momento, pero sus raptores
volvieron a agarrarlo y lo metieron dentro del baúl del Pontiac. En la tapa del
baúl se veían las marcas de las suelas de sus zapatos.
La policía asegura que Nino fue
asesinado la madrugada del sábado 13. Por sus características, el asesinato de
Nino es un crimen de odio debido al ensañamiento con que sus asesinos lo
cometieron. Para el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional
Autónoma, las personas de la diversidad sexual como Nino son extremadamente
vulnerables y expuestas a agresiones físicas y emocionales.
La justicia hondureña es casi tan
escurridiza como los maleantes que tienen sitiados a los ciudadanos comunes. En
2008, cinco personas pertenecientes a la diversidad sexual fueron asesinadas y
la cifra no ha dejado de aumentar, con leves decrecimientos a lo largo de los
años y dos picos: 40 en 2012 y 37 en 2015, el año antes de que mataran a Nino.
El caso de Nino Emil Ramos es una
muestra de la enorme dificultad de que los seres queridos de una persona
asesinada, sea o no LGBTI, obtengan justicia. Después de incontables llamadas
telefónicas y visitas a los responsables y fiscales encargados de llevar el
caso de Nino, la familia solo obtuvo evasivas durante ocho meses de insistencia.
La fiscalía les decía que estaban investigando, que los llamarían en un día
determinado, que acababan de cambiar fiscal y el nuevo no conocía los
expedientes.
Los familiares de Nino fueron de
fiscal en fiscal, de oficina en oficina, de investigador en investigador e
insistían tanto que sintieron en algún momento que los encargados del caso
comenzaban a verlos con antipatía y rechazo. Los policías jamás les dieron el
dictamen de la autopsia y, aunque aseguraban que se había hecho un vaciado
telefónico, nadie vio pruebas de que tal procedimiento se haya llevado a cabo.
Los Ramos tuvieron un momento de
esperanza cuando un equipo de investigadores entrenados por Estados Unidos y
especializados en crímenes de odio contra la comunidad LGBTI se entrevistaron
con la familia, días después del entierro de Nino.
Pasaron los días y las cosas
quedaron iguales.
El domingo 14, dos días después de la desaparición de Nino,
su papá y otros familiares y amigos habían llegado a la morgue de Medicina
Forense en la colonia Jardines del Valle, al noroeste de San Pedro Sula, cerca del
centro regional de la Universidad Nacional Autónoma, para reclamar su cadáver.
Lo sacaron de la bolsa para meterlo al carro donde se lo llevaron. El cuerpo
tenía profundas cortaduras en el estómago que los empleados de la morgue habían
intentado coser con grapas.
| Nino Ramos tenía 33 años cuando lo asesinaron. |
Nino Emil Ramos Flores, descrito
como trabajador y soñador por Sabino Gámez y como una luz por Sadie Marquardt,
fue velado en la sala de la casa de un solo piso y de paredes de color salmón
donde él vivía con su padre y madrastra en la colonia Palermo. Sobre el ataúd,
su familia puso arreglos florales y fotos de Nino en traje de baile y con el
uniforme del Liceo Militar del Norte donde estudió. Al final del velatorio
llevaron el féretro por las calles de tierra hasta el cementerio Amor Eterno.
Mucha gente fue al entierro.
viernes, 5 de enero de 2018
¡Los mataron a todos!: la noche de horror de una familia hondureña
En la tercera entrega de la serie periodística sobre la impunidad en los
crímenes LGBTI en Honduras publicamos la historia de la familia Rivera Carías,
asesinada en una masacre en Chamelecón
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| La familia Rivera Carías residía en el peligroso distrito de Chamelecón, al sur de San Pedro Sula, Honduras. |
Las muertes empezaron con la
desaparición de Celma.
A Celma
Argentina Rivera Carías, 34 años, vecina del peligroso sector de Chamelecón, en
San Pedro Sula, la raptaron el lunes 30 de septiembre de 2013, poco después del
mediodía. Sus familiares pasaron el resto del día preguntando en los sitios adonde
los hondureños van cuando desaparecen sus parientes: la policía y la morgue,
pero no dieron con ella.
Los
problemas no terminaron con el secuestro de Celma.
El día
siguiente, martes primero de octubre, entre las 12:00 pm y la 1:00 am, varios
hombres entraron en la escuela que servía también como hogar de los hermanos de
Celma y mataron a cinco personas. En la masacre murieron a balazos sus tres
hermanos, David Edgardo, Delmi Rosaura y Helen Aracely. Los asesinos también
mataron a la compañera sentimental de Celma, Carmen Valdivieso López. La última
en morir fue la pequeña hija, de apenas cinco años, de Helen.
Solo tuvieron
que pasar unas cuantas horas para que asesinaran a cinco personas de una misma
familia y a la compañera de Celma, pero muchas cosas más sucedieron en los días
antes de los crímenes para que el infortunio acabara destruyendo el hogar
sampedrano de los Rivera Carías.
Por desgracia,
ya no tiene nada de raro o asombroso que la muerte se pasee a diario por las
ciudades hondureñas. Los datos más recientes sobre la violencia en Honduras
siguen siendo preocupantes, aunque el Gobierno asegura que ha habido una baja
notable en los hechos criminales. Según las cifras oficiales, de enero a
octubre de 2017 hubo 3,209 personas muertas violentamente en territorio
hondureño. Las mismas cifras señalan que la cantidad de víctimas mortales se
redujo 26.3% en comparación con 2016.
Morir
violentamente se ha vuelto un lugar común: las familias sampedranas consumen
noticias empapadas en sangre mientras desayunan o almuerzan frente al
televisor. No es posible meditar demasiado tiempo en los aterradores detalles
de un asesinato porque, en cuestión de minutos, otro crimen y, en muchas
ocasiones, una nueva masacre lo desplazan de las notas de sucesos de los
diarios, los noticieros sensacionalistas y, ahora, los reportes en las redes
sociales.
Los miembros de
la familia Rivera Carías no podían, sin embargo, darse el lujo de permanecer
insensibles porque dos factores la distinguían de otras familias sampedranas: vivían
en una zona dominada por pandillas y, además, Edgardo y Celma pertenecían a la
comunidad de diversidad sexual: él era gay y ella, lesbiana. El miedo a la
violencia y a los prejuicios estaba incrustado en el tejido de sus vidas.
La desgracia y
el horror tienen su historia y se nos vienen encima por caminos a veces inesperados.
La tragedia de los Rivera Carías comenzó mucho antes de la tarde del 30 de
septiembre y la madrugada del 1 de octubre. Ya había señales de que algo malo
podía ocurrir y Celma las conocía de primera mano; no podía salir a la calle
sin dejar de escuchar a su paso los murmullos del desprecio injustificado:
“allá va la machorra”, “ahí está la macho”. A ella, trigueña, de pelo rizado,
jovial y “un tanto masculina”, según gente que la conoció, no parecían importarle
los comentarios de los promotores del odio.
El día del
rapto parecía otro lunes común y corriente.
Celma y Carmen
se levantaron, desayunaron y prepararon la comida para su hijo adoptado, de 11 años
de edad. La madre del niño era Daisy, hermana de Celma, pero Daisy había muerto
cinco años antes y ahora era Celma quien se hacía cargo del niño. Comieron sin
prisas, haciendo las bromas y los comentarios de toda pareja feliz. Tanto era
el amor de Celma que había partido a Estados Unidos, años atrás, para trabajar allá
y mandar a traer a Carmen y a su pequeño. La migra le
cortó de cuajo los sueños al deportarla.
Vivían sin
sentir vergüenza, se abrazaban, se llamaban “mi amorcito” en público. Carmen le
decía “papi” a la mujer que amaba.
Era una vida
casi perfecta en un mundo imperfecto.
Era una mañana hermosa
en el distrito de Chamelecón, situado al sur de San Pedro Sula, en las orillas del
río que lleva su mismo nombre y cerca de las montañas de la cordillera de El
Merendón. La zona abarca varias colonias: la Sabillón Cruz, la Morales, la
Ebenezer, la San Isidro, la 15 de Septiembre y la Santa Ana son solo algunas de
ellas. La casa de Celma estaba en la 10 de Septiembre.
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| Chamelecón es un distrito al sur de San Pedro Sula conocido por su alta tasa criminal. |
Vista desde el
aire, Chamelecón es una zona pintoresca, cubierta de árboles, escudada por
cerros verdes y recorrida de punta a punta por las aguas achocolatadas del río.
Al nivel de sus calles irregulares, en su mayoría de tierra o, en el mejor de
los casos, cubiertas de balasto o balastre,
como aquí lo llaman, la historia cambia: es una historia hecha, desde hace casi
veinte años, de terror y muerte. La extorsión y el crimen se han tomado esta
zona, convirtiéndola en tierra inhóspita. Las bandas delictivas han hecho de
Chamelecón su territorio y exigen un pago por su condición de dueños
autoimpuestos. Los negocios que deciden permanecer abiertos en la zona se
resignan a pagar; los que se resisten a hacerlo deben retribuir de otra manera:
con la vida, si es necesario. En este microcosmos se cumple la ley del más
fuerte.
Carmen, Celma y
su hijo llevaban viviendo varios años en medio del peligro constante, en la
casa que también servía como centro de trabajo de Celma. La vivienda estaba a
unas cuadras de la escuela donde vivían sus hermanos. Ahí mismo había instalado
un taller de bicicletas, al que no se había tomado la molestia de ponerle
nombre. Adultos y niños llegaban de los vecindarios cercanos con sus baikas para que Celma les reparara
cadenas y frenos y les parchara los neumáticos.
Celma había obtenido
el amor de Carmen yendo a acompañarla a las reuniones de su iglesia. Carmen
había estado casada y tenía un hijo de 17 años, pero Celma se las arregló para conquistarla.
Se complementaban. Carmen era frágil y femenina; Celma era comprensiva, pero de
carácter fuerte.
Celma se vistió
con la ropa que más le gustaba: camisa de botones y jeans. Ella era, de cierto
modo, el hombre de la casa. Jamás se ponía las faldas que, por ejemplo, sí
vestía Carmen.
Ese día, Celma tenía
que salir más tarde a la bodega que estaba a unas cuadras de donde vivía para
comprar dulces, galletas y los pequeños paquetes de frituras que los
sampedranos llaman, genéricamente, churros, porque la casa no solo se mantenía
con los ingresos del taller de baikas.
Celma vendía golosinas en el jardín de niños y escuela Mi Segundo Hogar,
propiedad de su familia. Carmen también trabajaba esporádicamente en la
escuela. En ocasiones había ayudado a la finada doña Tomasa, madre de los
Rivera Carías, a organizar las actividades y clases de los alumnos.
Celma estuvo
haciendo labores en la casa hasta después del mediodía. Se despidió de Carmen y
su hijo y salió a encontrarse con su destino.
Las calles no
estaban desoladas. A pesar del ambiente opresivo de Chamelecón, nadie se
encierra permanentemente. Prefieren llevar una vida lo más normal posible. Además,
en este distrito, la Municipalidad, las organizaciones sociales, las Iglesias y
los organismos internacionales trabajan en conjunto para prevenir la violencia
a través de la educación y el acceso al trabajo para las personas más jóvenes. En
las calles de tierra por las que Celma se dirigía a la bodega había niños
jugando pelota, gente en bicicleta o a pie, uno que otro carro, algún camión
repartidor de mercadería. La zona es como un pueblo: a su paso, Celma iba
escuchando el canto de los gallos.
En Chamelecón,
no es raro oír tiros a cualquier hora, de noche o de día. La calma, ese día,
era engañosa.
Celma no pudo
llegar a la bodega. A medio camino se le cruzó un carro, varios tipos se
bajaron y la obligaron a subirse a golpes y empujones.
Esa fue la
última vez que sus vecinos la vieron con vida.
Después de las dos de la tarde de
ese día, la actividad en la escuela Mi Segundo Hogar se volvió frenética. La
noticia del rapto no tardó en llegar a oídos de los familiares de Celma. Lo que
parecía un lunes cualquiera, soleado y tranquilo, se volvió de golpe sombrío y
se hinchó de malos augurios.
En la escuela,
que también servía como hogar de los miembros de la familia Rivera Carías, la primera
en levantarse fue Helen, 42 años, para preparar su desayuno y el de su hija de
cinco años. Las dos tenían su propio cuarto, en el que dormían a gusto, aunque
en esos días estaban reparándole el techo; faltaban un par de láminas por las
que se colaban el aire y el agua, pero, por suerte, no estaban en días
lluviosos.
En otro cuarto,
donde había vivido en vida doña Tomasa con sus nietos, ya solo estaba ocupado
por los niños y Delmi.
Quien acostumbraba
levantarse más tarde que todos era Edgardo, de 31 años. Ocupaba el tercer y
último cuarto de la casa y le gustaba desvelarse escuchando música o terminando
algún trabajo pendiente en el cuarto que le tocaba a él solo. Entre semana, no
lo sacaban de la cama ni siquiera las voces de los pequeños alumnos de Mi
Segundo Hogar mientras, en la sala, la cocina y el porche pintados de verde
oscuro y verde claro, cantaban canciones de buenos días bajo la supervisión de
Helen, quien había pasado a ocupar el puesto de directora del jardín de niños y
escuela después de la muerte de Tomasa Carías.
Edgardo,
trigueño, de ojos cafés y 1.72 metros de estatura, se ganaba la vida reparando
celulares y era gay, como su hermana Celma, pero, al contrario de ella,
prefería mantenerse, como acostumbran decir los sampedranos, de bajo perfil. No daba muestras de sus
preferencias en público. La sociedad hondureña es mayormente cerrada y
machista, y quienes tienen gustos sexuales fuera de lo socialmente aceptado
tienen que lidiar a diario con el rechazo y la incomprensión.
![]() |
| Edgardo Rivera Carías, asesinado en la masacre del 1 de octubre de 2013 en Chamelecón, San Pedro Sula. |
Edgardo, a lo
mejor por precaución y por haber escuchado los comentarios sobre su hermana
mayor, había decidido que la discreción era lo más conveniente en su caso. La
familia Rivera Carías, sin embargo, conocía perfectamente cuál era su
orientación sexual. Y no solo ellos: muchos de sus conocidos y vecinos también
lo sabían, aunque nadie lo mencionaba abiertamente. Había una especie de pacto
de silencio y temor que le permitía a Edgardo evadir muchos de los problemas
que tienen quienes deciden mostrarse tal como son demasiado abiertamente.
Durante la
mañana de ese día, los Rivera Carías hicieron las cosas normales que hace
cualquier familia: desayunaron, platicaron, Helen preparó comida y las
actividades del día en la escuela, los demás sobrinos jugaron con la hija de
Helen, Edgardo envió y recibió mensajes, trabajó un poco y descansó un poco
más.
A la hora del
almuerzo, las cosas siguieron su curso normal.
Si estaban
ocurriendo cosas malas, era en un sitio lejos de la colonia 10 de Septiembre.
Después del
mediodía, cuando hacían la digestión y seguían concentrados en sus asuntos, les
dieron la noticia.
¿Cómo? ¿Celma,
raptada? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Cuando raptan a
alguien en cualquier lugar del mundo, lo primero que se siente es incredulidad:
¿Será cierto? La alarma tarda un poco en propagarse y eso fue más o menos lo
que les pasó a los Rivera Carías. Se vieron uno a otro, como buscando en sus
rostros y ojos una explicación. No hallaron nada: exactamente lo mismo que
hallarían al preguntarles a los policías, poco después.
Cuando el
pánico ocupó el lugar de la duda, Edgardo y Helen, acompañados por Delmi, se
pusieron en movimiento, sin saber qué hacer exactamente. Ir a poner la denuncia
en la posta policial de Chamelecón parecía ser el primer paso lógico.
Pero ¿ir a la
policía?
No cualquiera
se atreve a denunciar delitos en Honduras y, si se atreve, lo hace con la duda
de que alguien tratará de solucionar el problema. Denunciar un delito en
Honduras es, señala un informe de la Unah publicado en 2016, “un tema
pendiente”: solo tres de cada 10 víctimas de un delito lo denuncian. La mayoría
de quienes no ponen denuncias lo hacen, según el reporte, porque no creen que
las autoridades son eficaces; es menor la cantidad de personas que no ponen
denuncias por miedo a represalias.
Pregúntenle a
cualquier sampedrano si quiere ir a buscar a la policía para que le resuelvan
algo y, en muchos casos, seguramente les dirá que prefiere no hacerlo, que le van
a dar evasivas, que los policías están asociados con delincuentes, que nadie
averiguará nada. Y, aunque piensan de ese modo, algunos sí denuncian los
delitos en las postas en Chamelecón y en muchos otros sectores de San Pedro
Sula. Como dice la gente de acá: no les queda de otra.
Y eso fue lo
que hicieron los Rivera Carías. Fueron a la posta de Chamelecón a denunciar el
secuestro de Celma. Llamaron a gente que vio el rapto y en la posta dieron
datos, descripciones, se quejaron y rogaron, y los agentes prometieron
movilizarse para buscar a Celma.
A lo mejor,
pensaron sus hermanos, los secuestradores la habían llevado a algún sitio,
quizá incluso dentro del propio Chamelecón, para mantenerla cautiva, esperando
quién sabe qué. ¿Acaso para pedir un rescate? Era una idea extraña. Los Rivera
Carías no eran gente de dinero. La idea era horrible, pero, al menos, les daba
el consuelo de saber que Celma tal vez seguía viva.
Siguieron
preguntando, llamando gente, amigos, conocidos. Llamaron, incluso, a una
abogada especializada en casos de diversidad sexual, pero ella estaba de luto
por la muerte de un pariente cercano suyo y, de todos modos, era obligatorio
esperar 24 horas después de la desaparición para ordenar que actuaran las
autoridades.
Después del
pánico llegó la angustia. Fueron horas de retorcerse las manos, agarrarse la
cabeza, jalarse el pelo. Las mujeres de la casa lloraron.
Ya era de
noche.
A los hermanos Rivera Carías los
mataron antes de que pudieran resignarse. Después de la angustia, cuando todo
parece perdido, la gente suele resignarse, pero a ellos no les dieron tiempo.
Esa noche de lunes,
solo los niños, que no entendían lo que estaba pasando, pudieron dormir. Delmi,
Edgardo y Carmen estaban en la sala que también servía como aula, esperando
algo, lo que fuera.
Pero llegó lo
que menos esperaban.
A las doce y
pico del día siguiente, primero de octubre, uno de los sobrevivientes,
escondido en el clóset de uno de los cuartos de la escuela Mi Segundo Hogar,
hizo una llamada telefónica: “¡Están haciendo tiros!”, susurró con la garganta
hecha un nudo. Hizo una pausa y agregó: “¡Los están matando a todos!”.
A los tres hermanos Rivera
Carías, a Carmen y a Daniela los mataron por dos errores. El primero fue denunciar
el rapto en la posta policial de Chamelecón. El otro fue peor que el primero: Delmi
Rosaura fue a cierta hora de la tarde del lunes a una casa ocupada por miembros
de la temida pandilla 18 y les reclamó por el rapto de Celma. Delmi era una
mujer explosiva y ese día no pudo con la mezcla de indignación, incertidumbre y
miedo que la hacía temblar. Las cosas no podían quedarse así, pensó ella. Lo
malo fue que lo mismo, exactamente, pensaron sus enemigos.
![]() |
| "Tierra de bendición": una calle del distrito de Chamelecón, en San Pedro Sula. |
Lo que hizo
Delmi desencadenó la tragedia que causó la muerte de cinco personas y alteró el
curso de la vida de los sobrevivientes.
Entre la una y
las dos de la madrugada del día siguiente, martes primero de octubre, el calor,
como casi siempre en San Pedro Sula, comenzaba apenas a reducirse cuando tres hombres
jóvenes atravesaron el portón abierto de la escuela, apagaron las luces del
porche que también servía de aula y le dijeron a Edgardo, Carmen y Delmi que
los perseguía la policía. Quién para imaginarse que los tipos iban armados con
pistolas y que en la calle y en las esquinas cercanas había otros hombres
vigilando en espera de cualquier motivo de alerta para dar la señal a los de dentro.
Entraron en
tromba y sacaron las pistolas. Edgardo estaba descalzo y llevaba puestos jeans
y una camiseta oscura. Los tipos lo sacaron al porche a tirones y lo apoyaron
contra el marco de la puerta y le perforaron la sien de un balazo. Edgardo se
deslizó contra el marco y cayó al suelo de costado. Sobre el dintel de la
entrada todavía estaba pegado el rótulo Feliz
Día del Padre en letras brillantes, rodeado de flores y tallos de papel de
colores.
Después, el
turno mortal fue de Delmi, que había visto, en la peor de sus pesadillas, cómo
acababan con la vida de su hermano. “Ah, también venimos por vos”, dijo uno de
los asesinos. La golpearon con las cachas de las pistolas y, cuando hubo caído
al suelo, le dispararon al menos diez veces hasta matarla.
Uno de los
jóvenes le puso la pistola en la cabeza al hijo autista de Delmi y se preparaba
para apretar el gatillo cuando otro le ordenó detenerse. “A ese no”, dijo.
La siguiente
fue Carmen Valdivieso. Carmen estaba sentada en el suelo, petrificada por el
terror. “También venimos por vos”, le dijo uno de los asesinos. Se acercó a
ella, le puso el cañón de la pistola cerca del ojo (“acá te voy a dar”) y
apretó el gatillo. Los ojos de Carmen se le salieron de las órbitas. Se
derrumbó al suelo de losas claras, ya sin vida.
A los hombres
no les costó dar con más víctimas. Atravesaron la sala y en un cuarto al fondo
hallaron a Helen y a su hija, que en ese momento aún dormía a pesar de los
tiros. “Dios mío, sálvanos”, pidió Helen. Su asesino no dijo nada mientras la
mataba a balazos. El ruido, esta vez, sí despertó a la niña. Nunca supo qué
estaba sucediendo. Un tiro a quemarropa en la cabeza se lo impidió.
Días después de la masacre, la
policía de investigación sampedrana arrestó a ocho supuestos implicados.
Los sobrevivientes
de la matanza huyeron a Estados Unidos.
La escuela
quedó abandonada y está cada vez más deteriorada.
Tres días
después de la masacre, el 4 de octubre, hallaron el cadáver de Celma en las
cañeras de la colonia Ebenezer, cerca del estadio Olímpico. La habían torturado
y decapitado.
En enero de
este año comenzará el juicio oral y público contra Héctor José Díaz Escobar,
miembro de la pandilla 18 y uno de los vinculados con la masacre en Mi Segundo
Hogar.
La masacre en
la escuela y la muerte de Celma no han podido ser enlazadas por la Fiscalía.
Han pasado
cinco años desde la muerte de Celma. Su asesinato continúa impune.
jueves, 4 de enero de 2018
Honduras: la historia jamás contada sobre el asesinato de Walter Tróchez
En la segunda entrega
de la serie periodística sobre la impunidad en los crímenes LGBTI en Honduras presentamos
el caso de German Mendoza, quien estuvo casi dos años preso por un asesinato que
no cometió
![]() |
| German Mendoza en su casa en San Pedro Sula, trabajando por los derechos de personas LGBTI y encarceladas. |
La impunidad es un monstruo hambriento que a veces no queda
satisfecho destruyendo a una sola persona y busca saciarse desbaratando varias
vidas al mismo tiempo.
Eso fue lo que les hizo a Walter Orlando Tróchez y German Mendoza al dejar sin castigo a los verdaderos asesinos de Walter y desviar la culpa de su crimen hacia su amigo German.Los dos se conocieron entre 2004 y 2005, cuando Indyra Mendoza, coordinadora de la organización lésbica Cattrachas, los presentó. De inmediato nació la simpatía mutua: los unía su deseo de trabajar en favor de los derechos humanos y de los sectores más desfavorecidos de la sociedad hondureña. Sentían igual pasión por ayudar a los enfermos, los pobres y los rechazados.
Eso fue lo que les hizo a Walter Orlando Tróchez y German Mendoza al dejar sin castigo a los verdaderos asesinos de Walter y desviar la culpa de su crimen hacia su amigo German.Los dos se conocieron entre 2004 y 2005, cuando Indyra Mendoza, coordinadora de la organización lésbica Cattrachas, los presentó. De inmediato nació la simpatía mutua: los unía su deseo de trabajar en favor de los derechos humanos y de los sectores más desfavorecidos de la sociedad hondureña. Sentían igual pasión por ayudar a los enfermos, los pobres y los rechazados.
Antes de que sus vidas
coincidieran, Walter ya tenía años de trabajar para instituciones dedicadas a
la protección de personas con VIH, ya que él era VIH positivo. Era un
sobreviviente. Nacido en Choluteca en 1982 y criado en Tela, perdió a su madre
cuando ella lo dio a luz. Su padre se fue a Estados Unidos y su abuela fue
quien se hizo cargo de su crianza. Walter se infectó de VIH en su adolescencia
y llegó a Tegucigalpa en busca de ayuda para mejorar su estado de salud.
Trabajadores de varias asociaciones de auxilio como la Asociación Para Una Vida
Mejor (Apuvimeh) que le ayudaron a encontrar tratamiento y, con el paso del
tiempo, su salud mejoró. Walter estaba
agradecido con quienes lo ayudaron y conmovido por la situación de quienes se
encontraban en su misma condición. Así fue como decidió convertirse en
activista y laborar para la Asociación de Personas Viviendo con VIH-sida en
Honduras (Asonapvsidah).
La vida de German, nacido el 28 de
junio de 1982, era diferente a la de Walter. German tenía cuatro hermanos y su
mamá había hecho de madre y padre para criarlos con lo mejor dentro de sus
posibilidades.
La amistad entre ambos se
fortaleció con el trabajo conjunto por las personas desfavorecidas. En una de
las muchas ocasiones en que se dedicaron al trabajo social que tanto los
absorbía, Walter, que trabajaba para Apuvimeh, y German se unieron durante un
año, de 2007 a 2008, para conseguir e instalar ventiladores y tela metálica en
las ventanas en el pabellón de enfermos de VIH del Hospital del Tórax, cuidar y
bañar a los pacientes, conseguirles comida y juegos, pagar los entierros de los
que iban muriendo.
Al final de ese año de trabajo
social, German tuvo uno de sus primeros problemas con las autoridades
hondureñas cuando un grupo de policías ejercieron sobre él violencia sexual. El
mismo trato le dieron a la persona que iba con él esa noche por una calle de
Tegucigalpa. German denunció el hecho, pero la fiscalía no le hizo caso. En vez
de justicia, recibió indiferencia. La policía comenzó a hostigarlo y las
llamadas telefónicas para amenazarlo se multiplicaron. Las amenazas se
convirtieron en atentados cuando tirotearon el edificio de la funeraria donde,
por esos días, German estaba trabajando.
Igual que a tantos otros
hondureños perseguidos por la delincuencia, uniformada o no, a German no le
quedó más camino que el del autoexilio. En 2008 hizo el viaje a Estados Unidos,
pero se quedó a medio camino: en México.
Mientras tanto, Walter, preocupado
desde muy joven por las personas a quienes la injusticia del sistema se lleva de
encuentro, estaba trabajando más que nunca como activista en favor de los
derechos humanos. Su trabajo en veeduría social era importantísimo para él. Planeaba
crear su organización para asegurarse de que se estaban usando limpiamente los
fondos destinados a instituciones en pro de la comunidad LGBTI. Su trabajo
despertaba tanto la admiración de quienes lo apoyaban y resultaban beneficiados
como el rechazo de los que preferían manejar los recursos a su manera.
En México, después de dos primeras
semanas problemáticas, German comenzó a encontrar empleo. No andaba con
remilgos y agarraba lo que le saliera. Desde mediados de 2008, cuando llegó a
San Luis Potosí, hasta entrado 2009, trabajó de chalán, acarreando masa y
tortillas en una tortillería, pintó apartamentos, hizo de albañil y cocinero.
En Honduras había aprendido a cocinar siguiendo las indicaciones de las recetas
que encontraba en libros y revistas, perfeccionándolas, agregándoles un giro
personal. Durante unos meses trabajó en un restaurante en México, pero el dueño
del local no le pagó tres meses. En San Luis Potosí pudo, por primera vez en su
vida, hacer lo que en Honduras jamás había podido hacer: tomarse de la mano y
besarse con otro hombre en público.
En junio de 2009 ocurrió un suceso
que alteró las vidas de los dos amigos.
El destino es muchas veces cruel. Separó durante años a
German y Walter y, cuando volvió a unir de algún modo sus vidas, lo hizo para
destruirlas.
El 28 de junio de 2009, el golpe
de Estado en Honduras que sacó del poder a Manuel Zelaya Rosales para
sustituirlo por el gobernante de facto Roberto Micheletti le dio un giro a la
existencia de Walter Tróchez. Siempre se había dedicado a luchar por sus
compatriotas desde su trabajo como promotor de derechos humanos de la comunidad
LGBTI y de los personas con VIH, pero los hechos de junio de ese año y la
situación política hondureña lo hicieron tomar decisiones que fueron, tal vez,
las que acabaron con su asesinato.
Durante los primeros cinco meses
que duró el golpe, Walter duplicó sus esfuerzos por ayudar a personas LGBTI
arrestadas por las autoridades del nuevo régimen, víctimas a las que capturaban
en Tegucigalpa y aparecían encarceladas lejos de la capital, en Olancho o Danlí.
Comenzó a publicar escritos en redes sociales fustigando al gobierno golpista
que fueron recogidos en forma de libro digital a finales de 2009.
El primer atentado grave contra
Walter ocurrió en julio de 2009, cuando participaba en una protesta frente al
Congreso Nacional en Tegucigalpa. Lo arrestaron, lo interrogaron en busca de
nombres de integrantes de la resistencia y le dieron una golpiza hasta quebrarle
la clavícula. El segundo intento de callarlo fue el 4 de diciembre de ese año.
Varios hombres con la cabeza cubierta lo interceptaron, pero Walter se las
ingenió para huir. Para dejar constancia del ataque, Walter se tomó fotografías
en las que se le ve cubierto de hematomas, con la camiseta ensangrentada.
De la tercera no logró escapar. El
domingo 13 de diciembre de 2009, alrededor de las 11:00 pm, lo mataron de un
tiro en el barrio El Centro de Tegucigalpa.
La madre de German había llegado
el 4 de diciembre de 2009 a San Luis Potosí y, al día siguiente, ella celebró su
cumpleaños. Ocho días después, estando con su mamá en México, German recibió la
noticia del asesinato de Walter y de inmediato envió correos preguntando por la
muerte de su amigo y por la situación de los grupos LGBTI en Honduras. La
situación era caótica: al nomás morir Walter se duplicaron el hostigamiento y
la vigilancia contra las instituciones de apoyo a personas LGBTI.
A todo eso, en Honduras, las
investigaciones sobre la muerte de Walter se topaban con callejones sin salida
y puntos muertos. Nadie daba datos claros sobre el asesinato del joven
activista de 27 años. A pesar de que Walter era un miembro destacado del
movimiento de la diversidad en resistencia, desde el propio día del crimen, su caso
iba camino de caer en el profundo pozo de la impunidad en que se encontraban
las más de 30 muertes de personas LGBTI -incluida la de Walter- perpetradas
entre 2008 y 2009. En 2008 habían muerto cinco y para diciembre de 2009 se
habían sextuplicado las víctimas de asesinato pertenecientes a los grupos de la
diversidad sexual.
A las 10:30 pm de ese domingo,
Indyra Mendoza recibió una llamada avisándole sobre el asesinato de Walter. A
su vez, ella telefoneó a varias organizaciones que trabajan por los derechos
humanos, pero nadie le contestó y quienes sí le contestaron dijeron que no
pensaban salir de sus casas. Todos estaban de rodillas, dice Indyra.
Los testigos contaban distintas
versiones sobre el crimen del 13 de diciembre de 2009. Según uno de esos
testimonios, Walter entró entre 7:00 y 8:00 pm en el supermercado La Colonia del
barrio La Hoya con un hombre aún no identificado, quien podría ser uno de sus
asesinos; según otros testigos, poco antes de su muerte vieron a Walter con
tres policías y un hombre desconocido. Las autoridades supuestamente
reaccionaron con completa indiferencia al caso de Walter. Se asegura que llamaron
a los investigadores para verificar la escena del crimen, pero retardaron las
pesquisas a propósito.
![]() |
| Las organizaciones de derechos humanos y LGBTI no cejan en su empeño de esclarecer el crimen de Walter Tróchez. |
El asesinato de Walter seguía impune
a finales de 2010, cuando German regresó brevemente a Honduras porque seguía viviendo
como indocumentado en tierra mexicana y al tramitar un salvoconducto en San
Luis Potosí, donde no había consulado hondureño, le concedieron dos semanas
para irse de México. Pagó una multa de 1,100 pesos y volvió a Honduras. Entró
sin problemas a San Pedro Sula y tramitó su visa. El 20 de octubre de 2010
regresó a México y tiempo después se convirtió en residente. Llegó a vivir
cinco años en México, tenía pareja y vivía lejos del peligro de las calles
hondureñas.
A comienzos de 2013 cometió uno de
los peores errores de su vida: regresó a Honduras.
¿Arrestado por matar a Walter Tróchez? German no podía creer
lo que le estaba sucediendo.
Las autoridades lo capturaron
cuando salía del City Mall, en San Pedro Sula, el 4 de abril de 2013. Le
mostraron la orden de captura, pero aquello le parecía absurdo. ¿Cómo iba a
cometer un asesinato en Honduras el 13 de diciembre de 2009 si en esa fecha
estaba en México? Lo primero que hizo fue llamar a su mamá para avisarle.
![]() |
| German y su mamá en su casa. |
En el camino, los policías recibieron
un aviso: “Mejor tráiganlo a la base. Los medios están preguntando por él”.
German ató cabos: sospechó que el plan original no era llevarlo a la base, sino
hacerlo desaparecer a medio camino entre el City Mall y las instalaciones
policiales. El hermano de German era el motivo de que los policías cambiaran de
idea repentinamente. Su mamá se había puesto en contacto con él después de la
llamada de German y el hermano, quien es periodista, puso de inmediato en
movimiento sus contactos con varios medios de comunicación para describir la
situación peligrosa en la que German se encontraba.
La llamada de German le salvó la
vida. Al menos momentáneamente porque, al nomás llegar a la base, los agentes
empezaron a golpearlo. La golpiza fue tan fuerte que le dañaron la mácula del
ojo y convirtieron a German en daltónico. Después del castigo, alguien se
acercó a él para confirmarle que el plan era matarlo.
German nunca lo hubiera creído: la
cárcel, al parecer, era el único sitio seguro para él.
German Mendoza pasó casi dos años encarcelado por un crimen
que no cometió.
La persona que dio el testimonio
decisivo en contra suya recibió a cambio la oportunidad de exiliarse en Europa.
Ese testigo protegido había aportado dos retratos hablados que, cuenta German,
no tenían ningún parecido con él. Según la organización Cattrachas, lo que
sucedió es que se robaron el retrato hablado original y lo sustituyeron por uno
que era exactamente igual a él.
La primera semana después de su
arresto, German contactó a Cattrachas para que le ayudaran a aclarar su
situación. Le pidió a Indyra que revelara los correos que él había mandado
desde México, en los que preguntaba por Walter y por la situación de los grupos
LGBTI en Honduras.
Aunque varios grupos y personas
vinculadas con su caso, incluyendo investigadores estadounidenses, insinuaron,
según cuenta German, su inocencia, seguía corriendo peligro de que lo mataran.
La fiscal desestimó todos los alegatos a favor de él y, supuestamente para
protegerle la vida, la jueza lo envió desde los separos del juzgado, donde
permaneció siete días, a la penitenciaría nacional Marco Aurelio Soto, en
Támara, Francisco Morazán, con una carta en la que le pedía al director de la
penitenciaría que resguardara la vida del privado de libertad.
Durante 10 días de los más de 15 meses
que permaneció en Támara, German estuvo en máxima seguridad, encerrado en una
minúscula celda de dos metros por dos metros, gritando sin que nadie lo
escuchara, peleándose con los ratones la comida que le tiraban en una bolsa de
plástico. Estando en la prisión sufrió abuso sexual y torturas; según su
testimonio, las golpizas de los policías le dañaron permanentemente el hombro y
la rodilla. La dieta de frijoles y arroz mal cocinados lo hizo perder el
sentido del gusto: habría podido comerse una libra de sal sin sentir nada. Para
visitarlo en la cárcel, su madre tenía que viajar desde un día antes y hacer
fila hasta las 10:00 am. Si no lograba entrar a esa hora, no le quedaba más
remedio que esperar hasta las 2:00 pm y solo podía verlo media hora porque las
visitas se terminaban a las 3:00.
Para salvarle la vida, la jueza
decidió trasladarlo al penal de El Progreso, en el norte de Honduras, pero el
traslado se atrasó varios días. El hermano de German pagó 3,000 lempiras para
que, al final, pudieran llevarlo. El día del traslado, German, esposado y
tirado en la paila de la patrulla policial, salió de Támara a las 10:00 am. Cuenta
que los custodios se detuvieron a medio camino, en el Lago de Yojoa, le robaron
1,900 lempiras que andaba en la bolsa y con ese dinero comieron pescado frito
mientras él esperaba asoleándose en la paila del carro.
En El Progreso, su situación
mejoró. Al llegar barbudo y peludo al penal, un recluso le ofreció recortarle la
barba y el pelo. Aunque los seis meses que estuvo en el reclusorio progreseño
era un nudo de nervios y pegaba saltos cada vez que alguien se le acercaba,
poco a poco se fue ganando el respeto de los privados de libertad, se dedicó a
alfabetizarlos, organizó y manejó la biblioteca de la prisión. Consiguió una
donación de 750 libros y la Secretaría de Educación lo nombró maestro del año.
Sus alumnos de sexto, noveno y décimo grados obtuvieron excelencia académica y
altas calificaciones en caligrafía, inglés, español y matématicas. German no
solo mejoró la educación de los reclusos, también se involucró en las
actividades sociales y organizó las celebraciones para los niños, madres y
padres del penal. ”Si me toca vestirme de payaso, lo hago”, dice German, “de
todos modos, la cara de payaso ya la tengo”.
En el penal, German aprendió a
respetar a los reclusos, a preocuparse por su bienestar. Antes de sus dos años
en prisión, pocas veces había pensado en ellos y, si los recordaba, era porque
los noticieros mencionaban sus peleas y fugas. Todo eso cambió: ahí dentro,
cuenta German, le tocó curar enfermos y heridos. “Los costuraba con cáñamo”,
relata, “porque los doctores los devolvían sin suturarlos”. Estando encarcelado ayudó a una transexual
condenada a alcanzar su libertad bajo palabra con ayuda de Cattrachas.
El martirio de German terminó en
2015.
Cattrachas apoyó desde el
principio al defensor público, pero este abandonó el caso. Después le asignaron
a otra defensora y jamás tuvo comunicación con German ni la organización. A dos
meses de celebrarse el juicio oral y público se contrató al defensor privado
Erasmo Jiménez. Durante el juicio, el Ministerio Público presentó dos testigos
protegidos y por la defensa llegó un amigo de German que le ofreció posada en
la casa de su familia en México. También declaró su madre.
El 23 de marzo, la jueza reclamó por la tardanza en resolver
el caso y dos días después le dio la libertad condicional a German.
A dos días del fallo, defensores de la comunidad LGBTI
pidieron anular la decisión de la jueza. El Ministerio Público presentó, el 7
de diciembre de 2015, un recurso de casación para anular el juicio. Exactamente
desde hace un año, la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia de
Honduras declaró no ha lugar el recurso de casación presentado por la fiscalía,
lo que significa que dejan la sentencia de libertad firme.
El asesinato de Walter Tróchez sigue impune.
Las autoridades trataron al
principio de hacer pasar su muerte por un crimen pasional, pero la teoría se
les vino abajo.
El investigador Javier Acevedo
dice que, hasta donde él sabe, no ha habido investigación para encontrar a los
responsables del crimen de Walter porque entre ellos se incluye a quienes
atentaron contra él una semana antes y a quienes lo perseguían.
Hay tantos casos y tan pocos
investigadores, agrega Acevedo, que no se llega a solucionar el 10% de los
crímenes. De 100 casos que llegan al Ministerio Público, menos de 10 se investigan
y se castiga a un culpable.
Walter está enterrado en el
cementerio Amor Eterno de Tegucigalpa. A ocho años de su muerte, su crimen
sigue sin resolverse.
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