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viernes, 12 de enero de 2018

Honduras: los dos infiernos de Sandra



En la última entrega de la serie de investigación periodística sobre la impunidad contra la comunidad LGBTI compartimos la historia de esta hondureña, quien estuvo dos años en prisión acusada del secuestro de su novia, un delito que nunca cometió y del que más bien fue víctima


Sandra Sarmiento frente al penal sampedrano, donde pasó
dos años encarcelada por un crimen que no cometió. 

La impunidad en Honduras tiene una larga sombra.
No solo se asesina impunemente, en especial a personas LGBTI. También, como en el caso de Sandra Iluvina Sarmiento Medina, las autoridades les pisotean sus derechos elementales y los culpables de esos hechos despreciables no reciben ningún castigo.
Sandra tenía apenas 25 años cuando el destino le hizo la peor jugada de su vida.
A las 12:30 de la madrugada del domingo 21 de abril de 2013, Sandra acababa de salir con su novia y una amiga del Karaoke Club, en el primer anillo de Circunvalación, en San Pedro Sula, cuando una camioneta negra se le cruzó en el camino al taxi en que iban las muchachas después de haber comprado cervezas en una gasolinera. Cuatro hombres se bajaron, obligaron al taxista a que se detuviera y metieron a Sandra en la camioneta y a su novia en el baúl. A la amiga la dejaron irse. Los raptores se fueron velozmente del lugar y media hora después cambiaron de carro.


Sandra frente al penal. Ella y su novia estuvieron secuestradas
22 días en una casa en San Manuel, Cortés.


Las dos chicas pasaron 22 días cautivas, durmiendo en colchonetas en una casa en la aldea Los Laureles, La Sabana, San Manuel, Cortés.
La familia de Sandra denunció el secuestro y, el siguiente domingo, 28 de abril, los familiares de la novia de Sandra recibieron llamadas de los raptores. “Queremos cinco millones de lempiras por liberarla”, exigieron, “si no, la matamos”. Las negociaciones entre la familia y los delincuentes continuaron durante dos semanas.
Mientras todo esto ocurría, los secuestradores abusaron sexualmente de Sandra, aunque ella prefirió tratar de olvidar que eso le había ocurrido. Su novia le dijo que también habían abusado sexualmente de ella muchas veces, pero que había decidido ocultárselo porque, según ella, la amenazaron.
Las autoridades empezaron a investigar el paradero de las muchachas mientras el rescate exigido por los secuestradores bajaba de cinco a dos millones. Entretanto, los secuestradores que vigilaban a las dos muchachas en la casa empezaron a descuidarse: uno de ellos se había cubierto al principio la cara con pasamontañas, pero con el paso de los días empezó a quitárselo delante de ellas para ir al baño o para fumar marihuana.
El lunes 13 de mayo de 2013, los raptores redujeron el rescate a 100,000 lempiras y los familiares aceptaron pagar. Esa noche, los delincuentes recogieron el dinero en una bolsa de plástico que el emisario de la familia colocó en una valla publicitaria en Cofradía. Poco después, entre las 8.00 y 9:00 pm, liberaron a Sandra y a su novia en Villanueva.
Sandra estaba libre, pero ese había sido apenas el primer capítulo de su pesadilla.




“Vos sos Sandra, ¿verdad? Subite al carro”, dijeron los policías.
Los agentes llegaron sin orden de captura, según Sandra, el 26 de junio de 2013, a la casa donde ella vivía en el barrio Cabañas, y las obligaron a meterse a ella y a la hija de su prima en el automóvil policial. Habían pasado dos meses y cinco días desde el secuestro. Las autoridades allanaron ese mismo día la casa donde Sandra y su novia estuvieron cautivas y detuvieron al dueño de la casa y miembro de la banda de plagiarios.


La justicia de Honduras culpó a Sandra Sarmiento del
secuestro de su novia.

“Nos llevan detenidas”, le dijo Sandra por teléfono a la dueña de la casa para que le avisaran a su prima.
Un violento giro de las circunstancias había hecho que Sandra dejara bruscamente de ser víctima y la había convertido en criminal. En poco más de un mes desde su liberación, sus problemas se habían multiplicado y ella ni siquiera lo sabía.
Todo comenzó cuando las autoridades averiguaron que Sandra había mantenido comunicación desde su celular con los secuestradores. La novia de Sandra acabó de enterrarla al declarar que no la había visto en ningún momento durante los 22 días que duró el secuestro en la casa de Los Laureles. Inmediatamente después de las revelaciones policiales sobre los supuestos vínculos entre los delincuentes y Sandra, su novia decidió romper con ella.
Durante la captura y cuando iban en camino a las oficinas de Antisecuestros no le dijeron a Sandra por qué las llevaban. En las oficinas preguntó por qué las tenían allí, pidiéndoles huellas e identificaciones, y les dijeron simplemente “porque están detenidas”.
Si el secuestro la había deprimido y el abuso sexual le había dejado una herida tan honda que se negaba a aceptar que algo así realmente le había ocurrido, recibir el choque de su detención por siete delitos fue ya demasiado para Sandra. Se derrumbó al saber que su arresto se debía a las supuestas llamadas hechas desde su celular a uno de los secuestradores. En qué cabeza cabía algo así, pensaba Sandra.




A Sandra, la suerte se le había dado vuelta dos veces.
Los siete delitos de los que acusaban a las tres parientes se redujeron al final a uno solo: el de secuestro. Todo parecía parte de un plan cuidadosamente tramado para hundir a Sandra y llevarse de encuentro a sus parientes. A pesar de estar deprimida y derrotada, Sandra fue capaz de atar cabos y sospechar que había algo más siniestro detrás de las acusaciones contra ella. Estaba segura, ya desde esos días, de que sus problemas procedían de un agente policial que se estaba encargando de sembrarle el camino de pruebas incriminatorias. Así, por ejemplo, el agente insistió en que Sandra y el secuestrador arrestado estuvieran lo más cerca posible siempre que los llevaran esposados. “Para que la familia viera que nosotros éramos los secuestradores y yo tenía que ver con él”, dice Sandra.


Un agente policial plantó las pruebas para inculpar
a Sandra y mantenerla encarcelada en el penal.

Las sospechas de Sandra quedaron confirmadas cuando, tiempo después, averiguó que el agente del que sospechaba era realmente el cerebro del secuestro. Y no solo eso: además era el amante de una pariente de la novia de Sandra. El motivo detrás del rapto era la aversión que la familia de la novia de Sandra sentía hacia sus preferencias sexuales; estaban dispuestos a hacerla a cambiar y para lograrlo planearon el plagio de las dos muchachas.
Sandra y su prima pasaron seis días encarceladas, esperando la audiencia inicial; entretanto, a la hija de su prima le dieron arresto domiciliario porque acababa de dar a luz un bebé. El abogado público asignado a Sandra no se anduvo con rodeos: “Estás hasta la madre”, le dijo, “mejor declarate culpable”.
Para Sandra, aquello fue el colmo: ¿por qué echarse la culpa de algo que no había hecho? Le parecía ridículo. “Déjenlas ir, aunque sea”, rogó, refiriéndose a sus parientes. “¿Qué tienen que ver? Quieren conmigo. Es a mí a quien van a hacer daño. No que por unas llamadas”.
Seis días después, en la audiencia inicial, continuaron ocurriendo cosas extrañas. Dos pruebas importantes no se presentaron: la denuncia de la desaparición o secuestro presentada por la familia de Sandra en la Primera Estación policial sampedrana y el dictamen de abuso sexual emitido por la médica forense. “El tamal está hecho”, dijo un abogado.
En cambio, nunca se presentaron pruebas decisivas en contra de Sandra ni de su prima que, por los enredijos del sistema, fue a dar con ella al Centro Penal sampedrano. Aunque los acusadores aseguraron que había escuchas telefónicas que implicaban a Sandra, tales evidencias nunca se presentaron y los policías que supuestamente iban a declarar en contra de ella jamás lo hicieron. Un informe de la Coalición contra la Impunidad parece resumir la experiencia de Sandra y de otras mujeres como ella; el documento indica que las leyes hondureñas no garantizan el pleno goce de los derechos de la diversidad sexual. Las ideas equivocadas sobre las personas LGBTI, añade el reporte, permiten que se cometan contra ellas toda clase de acto violentos y violaciones de sus derechos.
El dinero se les acabó a Sandra y a su familia.
Al quedarse sin los servicios del abogado porque cobraba honorarios que ni Sandra ni sus parientes podían costear, a ella no le quedó más remedio que aguantarse y prepararse para lo peor.
Y lo peor ocurrió: estuvo dos años en prisión. “Lo único que me tocaba era esperar”, dice Sandra.
Pero no solo el sistema le dio la espalda. Sus familiares también la abandonaron y la culparon de arrastrar con ella a sus parientes. Las relaciones con la familia de su prima se volvieron imposibles. Solo la hermana de Sandra se preocupaba por ella y llegaba a visitarla.
Por suerte, durante la larga espera, Sandra conoció dentro del penal a una mujer con la que tuvo una relación amorosa. Si no hubiera sido por esa persona, Sandra no sabe qué hubiera sido de ella en el ambiente enrarecido y rudo tras las rejas. Durante los dos años de encierro, Sandra compartió espacio con casi 100 mujeres. Algunas de ellas le propusieron tener romances, pero ella se resistió hasta que conoció a la reclusa con la que vivió en prisión.
Nadie se atrevía a cometer abusos sexuales en el penal porque el conocido preso Chepe Lora, en aquel tiempo coordinador del reclusorio, mantenía a raya a los violadores, moviéndose de celda en celda en medio de más de una docena de guardaespaldas armados. A Sandra le tocaba esconderse cada vez que había reyertas en las celdas.
En el penal había una estricta separación de grupos. En un único módulo en el centro estaban las mujeres revueltas con los hombres y, en los módulos a derecha e izquierda, los miembros de las dos pandillas más conocidas de Honduras.
La visita de su hijo de 13 años fue uno de los momentos más duros del encarcelamiento de Sandra. Aunque desde los 12 años de edad prefería tener relaciones con mujeres, quedó embarazada a los 16, pero se resistió a la idea de atarse a un hombre. Había escapado de ese yugo y desde los 17 había ido de trabajo en trabajo: desde comedores hasta talleres de carros.




En 2015, su pesadilla acabó.
Indyra Mendoza, coordinadora de la organización Cattrachas, la ayudó a salir de prisión. La defensa privada constató que habían sido implantadas todas las pruebas en contra de Sandra y sus parientes y la fiscalía retiró los cargos contra las tres. Sandra dice que toda la trama en su contra fue una manera de hacer que se alejara de su novia. “Si me hubieran dicho, la dejo en vez de hacerme pasar por todo esto”.



Tras dos años de prisión injusta, Sandra salió del penal
en 2015. "Justicia es lo que no hay aquí", dice.

Aunque salió de prisión y hoy está tranquila, se le ha hecho difícil hallar trabajo porque todo el mundo conoció su caso. Vive con su hermana y su hijo llega a visitarla los fines de semana.
“Justicia”, dice Sandra, “es lo que no hay aquí para nadie. Hay justicia cuando tenés cómo pagar”.
El 14 de octubre de 2016, el agente que conspiró contra Sandra fue depurado de la policía.

lunes, 8 de enero de 2018

Muertes violentas LGBTI en Honduras de 1994 a 2017

Adiós al Billy Elliot hondureño



En la cuarta entrega de la serie sobre la impunidad en los homicidios contra la población LGBTI en Honduras, el relato del último día en la vida del joven bailarín de ballet Nino Emil Ramos




Nino Ramos era un sobresaliente
bailarín progreseño.
Desde niño soñaba con bailar: algunos lo comparaban con el protagonista de la película Billy Elliot, ya que traía en las venas la pasión por la danza. Nino Emil Ramos Flores salió de su casa el viernes 12 de febrero de 2016 a las 9:00 pm.
Unas horas después, lo hallaron muerto a machetazos.
La historia de Nino es única e irrepetible como la de las 280 personas LGBTI que, según la organización Cattrachas, han muerto violentamente en Honduras desde 2008 hasta diciembre de 2017.
Si en algo se parecen casi todas esas muertes, es en que no hay culpables capturados por ellas. De hecho, según las estadísticas de Cattrachas, al menos 60 casos del total de 280 han sido judicializados. En el caso de Nino, quien siempre mantuvo en privado su orientación sexual, a la impunidad por no haber sido ni siquiera judicializado se agrega la sospecha de sus familiares de que las autoridades no se han tomado en serio su trabajo ni han hecho todo lo posible por encontrar a los responsables del crimen.
El día en que desapareció, Nino tenía mucho que hacer. Era un joven activo, atlético, trabajador y jovial. Como se acostumbra decir, era el centro de la fiesta, siempre alegrando con su risa contagiosa a quienes lo rodeaban. Era viernes, sábado chiquito, como dicen en las ciudades hondureñas, y ni siquiera el pronóstico de lluvia le quitaba la alegría a Nino. De hecho, los días lluviosos eran sus favoritos: cuando hacía frío y llovía le gustaba dormir de más.
Arregló las cosas de su cuarto en la casa situada en la frontera entre las colonias Palermo y Fraternidad de la Paz, en El Progreso, donde vivía. Dejó la camera y las fundas de su cama perfectamente alisadas, como le habían enseñado en el Liceo Militar del Norte, donde sacó la secundaria. Se bañó y se vistió. Le puso comida a Delilah, la perrita de raza husky que su hermano Cristian le había regalado en diciembre del 2015, y jugó un poco con ella. Delilah dormía en la cama de Nino; él la llevaba a todas partes y la llamaba mi hija. Era una perrita vivaz, de pelo claro.
Temprano por la mañana recibió una llamada de su prima Diana Ramos. Nino, que esa tarde tenía que ir a San Pedro a arreglar asuntos de trabajo, le prometió traerle un celular que le estaban reparando. Él trabajaba desde hacía 12 años como administrador del negocio familiar, la Hojalatería Ramos, fundada 30 años atrás por su padre, Bernandino Ramos Funes.
Nino había decidido abandonar el baile porque no ganaba bien en su último trabajo en la danza y porque, como les había contado a sus amigos y familiares, en Honduras a nadie le importaban las artes. Había resuelto dedicarse por entero a trabajar con su familia en el negocio situado en la segunda calle de la colonia Palermo para obtener mejores ingresos y apoyar a su familia; en la hojalatería, las cosas no iban bien y estaba casi en la quiebra.
A pesar de sus nuevos planes, bailar profesionalmente había sido durante años su pasión principal. Cuando su madre partió a Estados Unidos en el año 2000, llevándose a su hijo menor, Nino no pudo sacar los papeles para irse con ellos porque ya tenía 17 años, una edad demasiado avanzada, según las leyes estadounidenses. El destino trabaja de formas extrañas: si Nino se hubiera ido de Honduras hace 17 años, su historia sería distinta y no tendríamos que escribir este relato. Su tía se convirtió en su segunda madre. A los 18 años de edad, Nino se fue a vivir a Tegucigalpa, donde se aficionó al baile y, más tarde, a la danza árabe y al estilo llamado bellydance, o baile del vientre, al conocer en la universidad a la bailarina Jimena Carías.

Nino Ramos vivió en Tegucigalpa, donde se aficionó al baile.
En San Pedro Sula trabajó para Adagio Dance Studio.

Después de graduarse de mercadotecnia, Nino se mudó a San Pedro Sula, donde continuó practicando baile y recibió clases del periodista y bailarín Georgino Orellana, quien, por cierto, fue asesinado el 20 de abril de 2010 cerca del estadio Francisco Morazán. Nino trabajó en Adagio Dance Studio, en la 9 calle y 14 avenida, y organizó eventos internacionales, como la presentación de la bailarina estadounidense Sadie Marquardt en el teatro Francisco Saybe en agosto de 2013.
Cuando Nino murió, tenía unos tres años de haber regresado a vivir en El Progreso.
El cuarto de Nino tenía forma de U, con dos puertas, la que comunicaba con el garaje y la que daba a la sala de la casa. Después del almuerzo salió por la puerta que daba a la sala.
Llegó a las 2:00 pm, solo, manejando el pickup del negocio de su papá, al bufete donde trabajaba su prima Diana para recoger el papel con el que iba a reclamar el celular en el taller de San Pedro.
Estuvo en el trabajo de Diana hasta un poco después de las 3:00 pm. Volvió a subirse en el pickup y se fue a San Pedro Sula. Un poco después, Diana intentó hablar con él por teléfono, pero no le contestó; su celular sonaba apagado. Más tarde, ella volvió a intentar comunicarse, esta vez por Facebook, pero nada. Diana no se preocupó demasiado, pero ella y Nino eran como hermanos y pasaban pendientes uno del otro. Eran uña y carne.


Nino Ramos organizó presentaciones de
baile nacionales e internacionales.

A las 7:40 pm, Nino volvió a la casa de Diana, pero sin el celular. Se disculpó, diciendo que no le había quedado tiempo de recogerlo. Diana lo hizo prometer que iría al día siguiente a traer el teléfono y ella, a su vez, le prometió recordárselo llamándolo a las 7:00 am. Quién para saber que ninguna de las dos promesas se cumpliría.
Nino se quedó platicando con su prima mientras ella cuidaba a su niña. Diana era el único de sus familiares con quien Nino podía hablar abiertamente de su orientación sexual. Con el resto de su familia, en cambio, optaba por mantenerse en silencio.
Diana preparó el pepe, como llaman al biberón en Honduras, de su hija mientras Nino sostenía a la bebita que, en un descuido, se le orinó encima. Diana tomó a la niña y, en ese momento, Nino recibió una llamada a su celular. “¿Dónde estás? Bueno, ya voy”, le dijo a su misterioso interlocutor.
La tía de Nino le ofreció cena, pero él no la aceptó porque, según dijo, ya había comido y andaba el estómago lleno. Eran las 8:00 y Nino se despidió. Diana, con su bebé en brazos, fue con él hasta la puerta, pero no lo acompañó más lejos porque estaba lloviendo fuerte. Lo vio alejarse, reflejado en los charcos de la calle.
Todo estaba bien. Diana se imaginó que Nino aprovecharía el frío que tanto le gustaba para irse a casa a dormir bien arropado. Pero el infortunio llega sin avisar.
Esa fue la última vez que Diana lo vio con vida.




Las cosas empezaron a torcerse entre 5:00 y 6:00 am del sábado 13, cuando Diana llamó a Nino para recordarle que le trajera el teléfono de San Pedro Sula y el celular sonó apagado. Siguió llamándolo toda la mañana, pero tuvo la misma suerte. Diana desistió de seguir llamando y se dedicó a las tareas de la casa hasta las 11:00 am, cuando la madrastra de Nino la telefoneó preguntándole por él. “Lo ocupan para algo en la hojalatería”, dijo. Diana le contó lo de las llamadas, colgó y siguió ocupada con su niña.
Esa tarde, Lesly Flores, madre de Nino, llamó a Diana. La señora se había vuelto a casar en EUA y estaba en Honduras porque planeaba establecerse de nuevo en su país de origen. Preguntó por Nino y Diana contó la historia; agregó que era mejor ir a la policía porque el asunto se le hacía extraño. Nino no dejaba el celular apagado, argumentó. “Él no es así”.
Doña Lesly llamó otra vez a Diana a las 4:00 pm y Diana volvió a decirle lo mismo: el celular de Nino sonaba apagado. ¿No era mejor ir a la policía? Diana se ofreció a ir con ellos a la jefatura, pero oyó la voz del padre de Nino hablando al fondo: “Mejor no. Esa misma pasada la ha hecho Nino ya antes. ¿Para qué hacer tanto escándalo?”. Diana pensó que eso no era del todo cierto: cuando Nino se iba de casa, siempre avisaba.
Esa noche había un evento en San Pedro Sula en el que estaba el periodista Sabino Gámez, uno de los mejores amigos de Nino. Desesperada por saber de Nino, Diana se fue al evento y le preguntó a Gámez si sabía algo. Gámez empalideció al decir que no y, preocupado, llamó a otro amigo de Nino. Su amigo contó que Nino le había propuesto ir al estadio ese sábado temprano a ver el partido del equipo de fútbol Honduras Progreso, pero le había sugerido que, en vez de ir al estadio, fueran a tomar algo. Nino no aceptó. Eso fue lo último que su amigo supo de Nino.
El domingo, la madre de Nino llegó a casa de Diana. Estaba llorando, los ojos hinchados, angustiada, sin saber qué hacer. ¿Dónde, dónde estaba Nino?
Decidieron ir a la policía. Antes de irse, Diana telefoneó al abogado Marlon Rodríguez y él prometió llegar más tarde a ayudarlas. Ella y doña Lesly llegaron a la posta de la Policía Nacional frente al cementerio. Diana puso la denuncia presentándose como hermana de Nino. Esperaron que las dejaran pasar y Diana le enseñó a un investigador la foto del carro de Nino, un Pontiac Vibe blanco del 2007 que el hermano de él le había regalado cuando Nino cumplió 33 años un mes antes, el 21 de enero.
El investigador terminó de apuntar todos los datos que le estaban dando, vio la foto del Pontiac blanco e hizo una mueca de intriga. Diana quedó igual de intrigada al ver la cara del investigador, quien le pidió a la mamá de Nino el fólder con los documentos del carro y comenzó a dirigirse a la puerta trasera. “Espéreme acá”, le dijo a Diana al ver que ella se levantaba del asiento. Diana no hizo caso. El investigador salió y lo que Diana vio hizo que su corazón le saltara dentro del pecho.
El carro de Nino estaba en el estacionamiento.
Lo habían hallado abandonado y encendido en la colonia San Jorge.
Diana sintió que el cuerpo se le aligeraba. El carro estaba sucio, pero intacto y sin abolladuras. Entonces, a lo mejor, Nino estaba preso por haber cometido alguna travesura. Tenía sus momentos de locura, como mucha gente, y con unos tragos encima… Ya antes había hecho algunas cosas indebidas cuando salía con sus amigos, pero nada grave, en realidad. Sí, a lo mejor era eso, respiró Diana.
En ese momento llegó el abogado Rodríguez, saludó a Diana y su madrina y se puso a platicar con los investigadores. ¿Usted conoce a Nino Emil Ramos?, le preguntaron. Claro, dijo, lo conocía desde que estaba así de chiquito. ¿Cómo es él?, le preguntaron a Diana. Un muchacho blanco, sin tatuajes, con frenillos en los dientes, ¿por qué? El policía le mostró la pantalla de su celular al abogado, pero se descuidó y Diana le arrebató el teléfono. Sintió que el piso se hundía.
En la pantalla aparecía Nino, sin camisa, con jeans y faja, cubierto de sangre y heridas, los brazos completamente lacerados, tirado en algo parecido a un solar baldío. Lo habían matado de diez machetazos, casi todos en el cuello.




Nadie ha pagado por la muerte violenta de Nino Emil Ramos.
Como es común en Honduras, su caso ni siquiera está judicializado. Se encuentra, por así decirlo, en el vacío investigativo al que van a dar los miles de expedientes de personas que, como Nino, mueren violentamente cada año en Honduras. Luis Velásquez, sociólogo que trabaja para el Centro Universitario Regional del Litoral Atlántico, opina que casos como este no son prioridad para las instituciones públicas porque no se trata de miembros de las familias de mayor poder político y económico del país y porque falta demanda social de justicia.
A Nino lo raptaron tres hombres, según los policías. Uno de los secuestradores -y, luego, asesinos- condujo el Pontiac blanco mientras los otros dos agarraban a Nino. Había, agregaron los investigadores, señales de lucha dentro del carro: un navajazo o puñalada que tasajeaba el asiento de enfrente, al lado del conductor.
Nino era joven y fuerte, medía 1.86 metros de estatura, llevaba años de ejercitarse con el propósito de mantenerse flexible para el baile y solía transportar sobre los hombros grandes cargas en su trabajo en la hojalatería. Debido a la fortaleza física de Nino, según las investigaciones, logró escaparse en algún momento, pero sus raptores volvieron a agarrarlo y lo metieron dentro del baúl del Pontiac. En la tapa del baúl se veían las marcas de las suelas de sus zapatos.
La policía asegura que Nino fue asesinado la madrugada del sábado 13. Por sus características, el asesinato de Nino es un crimen de odio debido al ensañamiento con que sus asesinos lo cometieron. Para el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma, las personas de la diversidad sexual como Nino son extremadamente vulnerables y expuestas a agresiones físicas y emocionales.
La justicia hondureña es casi tan escurridiza como los maleantes que tienen sitiados a los ciudadanos comunes. En 2008, cinco personas pertenecientes a la diversidad sexual fueron asesinadas y la cifra no ha dejado de aumentar, con leves decrecimientos a lo largo de los años y dos picos: 40 en 2012 y 37 en 2015, el año antes de que mataran a Nino.



El caso de Nino Emil Ramos es una muestra de la enorme dificultad de que los seres queridos de una persona asesinada, sea o no LGBTI, obtengan justicia. Después de incontables llamadas telefónicas y visitas a los responsables y fiscales encargados de llevar el caso de Nino, la familia solo obtuvo evasivas durante ocho meses de insistencia. La fiscalía les decía que estaban investigando, que los llamarían en un día determinado, que acababan de cambiar fiscal y el nuevo no conocía los expedientes.
Los familiares de Nino fueron de fiscal en fiscal, de oficina en oficina, de investigador en investigador e insistían tanto que sintieron en algún momento que los encargados del caso comenzaban a verlos con antipatía y rechazo. Los policías jamás les dieron el dictamen de la autopsia y, aunque aseguraban que se había hecho un vaciado telefónico, nadie vio pruebas de que tal procedimiento se haya llevado a cabo.
Los Ramos tuvieron un momento de esperanza cuando un equipo de investigadores entrenados por Estados Unidos y especializados en crímenes de odio contra la comunidad LGBTI se entrevistaron con la familia, días después del entierro de Nino.
Pasaron los días y las cosas quedaron iguales.




El domingo 14, dos días después de la desaparición de Nino, su papá y otros familiares y amigos habían llegado a la morgue de Medicina Forense en la colonia Jardines del Valle, al noroeste de San Pedro Sula, cerca del centro regional de la Universidad Nacional Autónoma, para reclamar su cadáver. Lo sacaron de la bolsa para meterlo al carro donde se lo llevaron. El cuerpo tenía profundas cortaduras en el estómago que los empleados de la morgue habían intentado coser con grapas.

Nino Ramos tenía 33 años cuando
lo asesinaron.

Nino Emil Ramos Flores, descrito como trabajador y soñador por Sabino Gámez y como una luz por Sadie Marquardt, fue velado en la sala de la casa de un solo piso y de paredes de color salmón donde él vivía con su padre y madrastra en la colonia Palermo. Sobre el ataúd, su familia puso arreglos florales y fotos de Nino en traje de baile y con el uniforme del Liceo Militar del Norte donde estudió. Al final del velatorio llevaron el féretro por las calles de tierra hasta el cementerio Amor Eterno. Mucha gente fue al entierro.