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viernes, 12 de enero de 2018
Honduras: los dos infiernos de Sandra
En la última entrega de la serie de
investigación periodística sobre la impunidad contra la comunidad LGBTI compartimos
la historia de esta hondureña, quien estuvo dos años en prisión acusada del
secuestro de su novia, un delito que nunca cometió y del que más bien fue
víctima
| Sandra Sarmiento frente al penal sampedrano, donde pasó dos años encarcelada por un crimen que no cometió. |
La
impunidad en Honduras tiene una larga sombra.
No solo se asesina impunemente, en especial a personas LGBTI. También,
como en el caso de Sandra Iluvina Sarmiento Medina, las autoridades les pisotean
sus derechos elementales y los culpables de esos hechos despreciables no
reciben ningún castigo.
Sandra tenía apenas 25 años cuando el destino le hizo la peor jugada de
su vida.
A las 12:30 de la madrugada del domingo 21 de abril de 2013, Sandra acababa
de salir con su novia y una amiga del Karaoke Club, en el primer anillo de Circunvalación,
en San Pedro Sula, cuando una camioneta negra se le cruzó en el camino al taxi
en que iban las muchachas después de haber comprado cervezas en una gasolinera.
Cuatro hombres se bajaron, obligaron al taxista a que se detuviera y metieron a
Sandra en la camioneta y a su novia en el baúl. A la amiga la dejaron irse. Los
raptores se fueron velozmente del lugar y media hora después cambiaron de
carro.
| Sandra frente al penal. Ella y su novia estuvieron secuestradas 22 días en una casa en San Manuel, Cortés. |
Las dos chicas pasaron 22 días cautivas, durmiendo en colchonetas en una
casa en la aldea Los Laureles, La Sabana, San Manuel, Cortés.
La familia de Sandra denunció el secuestro y, el siguiente domingo, 28
de abril, los familiares de la novia de Sandra recibieron llamadas de los
raptores. “Queremos cinco millones de lempiras por liberarla”, exigieron, “si
no, la matamos”. Las negociaciones entre la familia y los delincuentes
continuaron durante dos semanas.
Mientras todo esto ocurría, los secuestradores abusaron sexualmente de
Sandra, aunque ella prefirió tratar de olvidar que eso le había ocurrido. Su novia
le dijo que también habían abusado sexualmente de ella muchas veces, pero que había
decidido ocultárselo porque, según ella, la amenazaron.
Las autoridades empezaron a investigar el paradero de las muchachas
mientras el rescate exigido por los secuestradores bajaba de cinco a dos
millones. Entretanto, los secuestradores que vigilaban a las dos muchachas en
la casa empezaron a descuidarse: uno de ellos se había cubierto al principio la
cara con pasamontañas, pero con el paso de los días empezó a quitárselo delante
de ellas para ir al baño o para fumar marihuana.
El lunes 13 de mayo de 2013, los raptores redujeron el rescate a 100,000 lempiras y los familiares aceptaron pagar. Esa noche, los delincuentes recogieron el dinero en una bolsa de plástico que el emisario de la familia colocó en una valla publicitaria en Cofradía. Poco después, entre las 8.00 y 9:00 pm, liberaron a Sandra y a su novia en Villanueva.
El lunes 13 de mayo de 2013, los raptores redujeron el rescate a 100,000 lempiras y los familiares aceptaron pagar. Esa noche, los delincuentes recogieron el dinero en una bolsa de plástico que el emisario de la familia colocó en una valla publicitaria en Cofradía. Poco después, entre las 8.00 y 9:00 pm, liberaron a Sandra y a su novia en Villanueva.
Sandra estaba libre, pero ese había sido apenas el primer capítulo de su
pesadilla.
“Vos sos
Sandra, ¿verdad? Subite al carro”, dijeron los policías.
Los agentes llegaron sin orden de captura, según Sandra, el 26 de junio
de 2013, a la casa donde ella vivía en el barrio Cabañas, y las obligaron a
meterse a ella y a la hija de su prima en el automóvil policial. Habían pasado
dos meses y cinco días desde el secuestro. Las autoridades allanaron ese mismo
día la casa donde Sandra y su novia estuvieron cautivas y detuvieron al dueño
de la casa y miembro de la banda de plagiarios.
![]() |
| La justicia de Honduras culpó a Sandra Sarmiento del secuestro de su novia. |
“Nos llevan detenidas”, le dijo Sandra por teléfono a la dueña de la casa para que le avisaran a su prima.
Un violento giro de las circunstancias había hecho que Sandra dejara
bruscamente de ser víctima y la había convertido en criminal. En poco más de un
mes desde su liberación, sus problemas se habían multiplicado y ella ni
siquiera lo sabía.
Todo comenzó cuando las autoridades averiguaron que Sandra había
mantenido comunicación desde su celular con los secuestradores. La novia de
Sandra acabó de enterrarla al declarar que no la había visto en ningún momento
durante los 22 días que duró el secuestro en la casa de Los Laureles.
Inmediatamente después de las revelaciones policiales sobre los supuestos
vínculos entre los delincuentes y Sandra, su novia decidió romper con ella.
Durante la captura y cuando iban en camino a las oficinas de
Antisecuestros no le dijeron a Sandra por qué las llevaban. En las oficinas
preguntó por qué las tenían allí, pidiéndoles huellas e identificaciones, y les
dijeron simplemente “porque están detenidas”.
Si el secuestro la había deprimido y el abuso sexual le había dejado una
herida tan honda que se negaba a aceptar que algo así realmente le había
ocurrido, recibir el choque de su detención por siete delitos fue ya demasiado
para Sandra. Se derrumbó al saber que su arresto se debía a las supuestas
llamadas hechas desde su celular a uno de los secuestradores. En qué cabeza cabía
algo así, pensaba Sandra.
A Sandra,
la suerte se le había dado vuelta dos veces.
Los siete delitos de los que acusaban a las tres parientes se redujeron
al final a uno solo: el de secuestro. Todo parecía parte de un plan
cuidadosamente tramado para hundir a Sandra y llevarse de encuentro a sus
parientes. A pesar de estar deprimida y derrotada, Sandra fue capaz de atar
cabos y sospechar que había algo más siniestro detrás de las acusaciones contra
ella. Estaba segura, ya desde esos días, de que sus problemas procedían de un
agente policial que se estaba encargando de sembrarle el camino de pruebas
incriminatorias. Así, por ejemplo, el agente insistió en que Sandra y el
secuestrador arrestado estuvieran lo más cerca posible siempre que los llevaran
esposados. “Para que la familia
viera que nosotros éramos los secuestradores y yo tenía que ver con él”, dice
Sandra.
| Un agente policial plantó las pruebas para inculpar a Sandra y mantenerla encarcelada en el penal. |
Las sospechas de Sandra quedaron confirmadas cuando, tiempo después,
averiguó que el agente del que sospechaba era realmente el cerebro del
secuestro. Y no solo eso: además era el amante de una pariente de la novia de
Sandra. El motivo detrás del rapto era la aversión que la familia de la novia
de Sandra sentía hacia sus preferencias sexuales; estaban dispuestos a hacerla
a cambiar y para lograrlo planearon el plagio de las dos muchachas.
Sandra y su prima pasaron seis días encarceladas, esperando la audiencia
inicial; entretanto, a la hija de su prima le dieron arresto domiciliario
porque acababa de dar a luz un bebé. El abogado público asignado a Sandra no se
anduvo con rodeos: “Estás hasta la madre”, le dijo, “mejor declarate culpable”.
Para Sandra, aquello fue el colmo: ¿por qué echarse la culpa de algo que
no había hecho? Le parecía ridículo. “Déjenlas ir, aunque sea”, rogó,
refiriéndose a sus parientes. “¿Qué tienen que ver? Quieren conmigo. Es a mí a
quien van a hacer daño. No que por unas llamadas”.
Seis días después, en la audiencia inicial, continuaron ocurriendo cosas
extrañas. Dos pruebas importantes no se presentaron: la denuncia de la
desaparición o secuestro presentada por la familia de Sandra en la Primera
Estación policial sampedrana y el dictamen de abuso sexual emitido por la
médica forense. “El tamal está hecho”, dijo un abogado.
En cambio, nunca se presentaron pruebas decisivas en contra de Sandra ni
de su prima que, por los enredijos del sistema, fue a dar con ella al Centro
Penal sampedrano. Aunque los acusadores aseguraron que había escuchas
telefónicas que implicaban a Sandra, tales evidencias nunca se presentaron y
los policías que supuestamente iban a declarar en contra de ella jamás lo
hicieron. Un informe de la Coalición contra la Impunidad parece resumir la
experiencia de Sandra y de otras mujeres como ella; el documento indica que las
leyes hondureñas no garantizan el pleno goce de los derechos de la diversidad
sexual. Las ideas equivocadas sobre las personas LGBTI, añade el reporte,
permiten que se cometan contra ellas toda clase de acto violentos y violaciones
de sus derechos.
El dinero se les acabó a Sandra y a su familia.
Al quedarse sin los servicios del abogado porque cobraba honorarios que
ni Sandra ni sus parientes podían costear, a ella no le quedó más remedio que
aguantarse y prepararse para lo peor.
Y lo peor ocurrió: estuvo dos años en prisión. “Lo único que me tocaba
era esperar”, dice Sandra.
Pero no solo el sistema le dio la espalda. Sus familiares también la abandonaron
y la culparon de arrastrar con ella a sus parientes. Las relaciones con la
familia de su prima se volvieron imposibles. Solo la hermana de Sandra se
preocupaba por ella y llegaba a visitarla.
Por suerte, durante la larga espera, Sandra conoció dentro del penal a
una mujer con la que tuvo una relación amorosa. Si no hubiera sido por esa persona,
Sandra no sabe qué hubiera sido de ella en el ambiente enrarecido y rudo tras
las rejas. Durante los dos años de encierro, Sandra compartió espacio con casi
100 mujeres. Algunas de ellas le propusieron tener romances, pero ella se
resistió hasta que conoció a la reclusa con la que vivió en prisión.
Nadie se atrevía a cometer abusos sexuales en el penal porque el conocido preso
Chepe Lora, en aquel tiempo coordinador del reclusorio, mantenía a raya a los
violadores, moviéndose de celda en celda en medio de más de una docena de
guardaespaldas armados. A Sandra le tocaba esconderse cada vez que había
reyertas en las celdas.
En el penal había una estricta separación de grupos. En un único módulo
en el centro estaban las mujeres revueltas con los hombres y, en los módulos a
derecha e izquierda, los miembros de las dos pandillas más conocidas de
Honduras.
La visita de su hijo de 13 años fue uno de los momentos más duros del encarcelamiento
de Sandra. Aunque desde los 12 años de edad prefería tener relaciones con
mujeres, quedó embarazada a los 16, pero se resistió a la idea de atarse a un
hombre. Había escapado de ese yugo y desde los 17 había ido de trabajo en
trabajo: desde comedores hasta talleres de carros.
En 2015, su
pesadilla acabó.
Indyra Mendoza, coordinadora
de la organización Cattrachas, la ayudó a salir de prisión. La defensa privada
constató que habían sido implantadas todas las pruebas en contra de Sandra y
sus parientes y la fiscalía retiró los cargos contra las tres. Sandra dice que
toda la trama en su contra fue una manera de hacer que se alejara de su novia.
“Si me hubieran dicho, la dejo en vez de hacerme pasar por todo esto”.
Aunque salió de prisión y hoy está tranquila, se le ha hecho difícil
hallar trabajo porque todo el mundo conoció su caso. Vive con su hermana y su
hijo llega a visitarla los fines de semana.
| Tras dos años de prisión injusta, Sandra salió del penal en 2015. "Justicia es lo que no hay aquí", dice. |
“Justicia”, dice Sandra, “es lo que no hay aquí para nadie. Hay justicia
cuando tenés cómo pagar”.
El 14 de octubre de 2016, el agente que conspiró contra Sandra fue depurado
de la policía.
lunes, 8 de enero de 2018
viernes, 5 de enero de 2018
¡Los mataron a todos!: la noche de horror de una familia hondureña
En la tercera entrega de la serie periodística sobre la impunidad en los
crímenes LGBTI en Honduras publicamos la historia de la familia Rivera Carías,
asesinada en una masacre en Chamelecón
![]() |
| La familia Rivera Carías residía en el peligroso distrito de Chamelecón, al sur de San Pedro Sula, Honduras. |
Las muertes empezaron con la
desaparición de Celma.
A Celma
Argentina Rivera Carías, 34 años, vecina del peligroso sector de Chamelecón, en
San Pedro Sula, la raptaron el lunes 30 de septiembre de 2013, poco después del
mediodía. Sus familiares pasaron el resto del día preguntando en los sitios adonde
los hondureños van cuando desaparecen sus parientes: la policía y la morgue,
pero no dieron con ella.
Los
problemas no terminaron con el secuestro de Celma.
El día
siguiente, martes primero de octubre, entre las 12:00 pm y la 1:00 am, varios
hombres entraron en la escuela que servía también como hogar de los hermanos de
Celma y mataron a cinco personas. En la masacre murieron a balazos sus tres
hermanos, David Edgardo, Delmi Rosaura y Helen Aracely. Los asesinos también
mataron a la compañera sentimental de Celma, Carmen Valdivieso López. La última
en morir fue la pequeña hija, de apenas cinco años, de Helen.
Solo tuvieron
que pasar unas cuantas horas para que asesinaran a cinco personas de una misma
familia y a la compañera de Celma, pero muchas cosas más sucedieron en los días
antes de los crímenes para que el infortunio acabara destruyendo el hogar
sampedrano de los Rivera Carías.
Por desgracia,
ya no tiene nada de raro o asombroso que la muerte se pasee a diario por las
ciudades hondureñas. Los datos más recientes sobre la violencia en Honduras
siguen siendo preocupantes, aunque el Gobierno asegura que ha habido una baja
notable en los hechos criminales. Según las cifras oficiales, de enero a
octubre de 2017 hubo 3,209 personas muertas violentamente en territorio
hondureño. Las mismas cifras señalan que la cantidad de víctimas mortales se
redujo 26.3% en comparación con 2016.
Morir
violentamente se ha vuelto un lugar común: las familias sampedranas consumen
noticias empapadas en sangre mientras desayunan o almuerzan frente al
televisor. No es posible meditar demasiado tiempo en los aterradores detalles
de un asesinato porque, en cuestión de minutos, otro crimen y, en muchas
ocasiones, una nueva masacre lo desplazan de las notas de sucesos de los
diarios, los noticieros sensacionalistas y, ahora, los reportes en las redes
sociales.
Los miembros de
la familia Rivera Carías no podían, sin embargo, darse el lujo de permanecer
insensibles porque dos factores la distinguían de otras familias sampedranas: vivían
en una zona dominada por pandillas y, además, Edgardo y Celma pertenecían a la
comunidad de diversidad sexual: él era gay y ella, lesbiana. El miedo a la
violencia y a los prejuicios estaba incrustado en el tejido de sus vidas.
La desgracia y
el horror tienen su historia y se nos vienen encima por caminos a veces inesperados.
La tragedia de los Rivera Carías comenzó mucho antes de la tarde del 30 de
septiembre y la madrugada del 1 de octubre. Ya había señales de que algo malo
podía ocurrir y Celma las conocía de primera mano; no podía salir a la calle
sin dejar de escuchar a su paso los murmullos del desprecio injustificado:
“allá va la machorra”, “ahí está la macho”. A ella, trigueña, de pelo rizado,
jovial y “un tanto masculina”, según gente que la conoció, no parecían importarle
los comentarios de los promotores del odio.
El día del
rapto parecía otro lunes común y corriente.
Celma y Carmen
se levantaron, desayunaron y prepararon la comida para su hijo adoptado, de 11 años
de edad. La madre del niño era Daisy, hermana de Celma, pero Daisy había muerto
cinco años antes y ahora era Celma quien se hacía cargo del niño. Comieron sin
prisas, haciendo las bromas y los comentarios de toda pareja feliz. Tanto era
el amor de Celma que había partido a Estados Unidos, años atrás, para trabajar allá
y mandar a traer a Carmen y a su pequeño. La migra le
cortó de cuajo los sueños al deportarla.
Vivían sin
sentir vergüenza, se abrazaban, se llamaban “mi amorcito” en público. Carmen le
decía “papi” a la mujer que amaba.
Era una vida
casi perfecta en un mundo imperfecto.
Era una mañana hermosa
en el distrito de Chamelecón, situado al sur de San Pedro Sula, en las orillas del
río que lleva su mismo nombre y cerca de las montañas de la cordillera de El
Merendón. La zona abarca varias colonias: la Sabillón Cruz, la Morales, la
Ebenezer, la San Isidro, la 15 de Septiembre y la Santa Ana son solo algunas de
ellas. La casa de Celma estaba en la 10 de Septiembre.
![]() |
| Chamelecón es un distrito al sur de San Pedro Sula conocido por su alta tasa criminal. |
Vista desde el
aire, Chamelecón es una zona pintoresca, cubierta de árboles, escudada por
cerros verdes y recorrida de punta a punta por las aguas achocolatadas del río.
Al nivel de sus calles irregulares, en su mayoría de tierra o, en el mejor de
los casos, cubiertas de balasto o balastre,
como aquí lo llaman, la historia cambia: es una historia hecha, desde hace casi
veinte años, de terror y muerte. La extorsión y el crimen se han tomado esta
zona, convirtiéndola en tierra inhóspita. Las bandas delictivas han hecho de
Chamelecón su territorio y exigen un pago por su condición de dueños
autoimpuestos. Los negocios que deciden permanecer abiertos en la zona se
resignan a pagar; los que se resisten a hacerlo deben retribuir de otra manera:
con la vida, si es necesario. En este microcosmos se cumple la ley del más
fuerte.
Carmen, Celma y
su hijo llevaban viviendo varios años en medio del peligro constante, en la
casa que también servía como centro de trabajo de Celma. La vivienda estaba a
unas cuadras de la escuela donde vivían sus hermanos. Ahí mismo había instalado
un taller de bicicletas, al que no se había tomado la molestia de ponerle
nombre. Adultos y niños llegaban de los vecindarios cercanos con sus baikas para que Celma les reparara
cadenas y frenos y les parchara los neumáticos.
Celma había obtenido
el amor de Carmen yendo a acompañarla a las reuniones de su iglesia. Carmen
había estado casada y tenía un hijo de 17 años, pero Celma se las arregló para conquistarla.
Se complementaban. Carmen era frágil y femenina; Celma era comprensiva, pero de
carácter fuerte.
Celma se vistió
con la ropa que más le gustaba: camisa de botones y jeans. Ella era, de cierto
modo, el hombre de la casa. Jamás se ponía las faldas que, por ejemplo, sí
vestía Carmen.
Ese día, Celma tenía
que salir más tarde a la bodega que estaba a unas cuadras de donde vivía para
comprar dulces, galletas y los pequeños paquetes de frituras que los
sampedranos llaman, genéricamente, churros, porque la casa no solo se mantenía
con los ingresos del taller de baikas.
Celma vendía golosinas en el jardín de niños y escuela Mi Segundo Hogar,
propiedad de su familia. Carmen también trabajaba esporádicamente en la
escuela. En ocasiones había ayudado a la finada doña Tomasa, madre de los
Rivera Carías, a organizar las actividades y clases de los alumnos.
Celma estuvo
haciendo labores en la casa hasta después del mediodía. Se despidió de Carmen y
su hijo y salió a encontrarse con su destino.
Las calles no
estaban desoladas. A pesar del ambiente opresivo de Chamelecón, nadie se
encierra permanentemente. Prefieren llevar una vida lo más normal posible. Además,
en este distrito, la Municipalidad, las organizaciones sociales, las Iglesias y
los organismos internacionales trabajan en conjunto para prevenir la violencia
a través de la educación y el acceso al trabajo para las personas más jóvenes. En
las calles de tierra por las que Celma se dirigía a la bodega había niños
jugando pelota, gente en bicicleta o a pie, uno que otro carro, algún camión
repartidor de mercadería. La zona es como un pueblo: a su paso, Celma iba
escuchando el canto de los gallos.
En Chamelecón,
no es raro oír tiros a cualquier hora, de noche o de día. La calma, ese día,
era engañosa.
Celma no pudo
llegar a la bodega. A medio camino se le cruzó un carro, varios tipos se
bajaron y la obligaron a subirse a golpes y empujones.
Esa fue la
última vez que sus vecinos la vieron con vida.
Después de las dos de la tarde de
ese día, la actividad en la escuela Mi Segundo Hogar se volvió frenética. La
noticia del rapto no tardó en llegar a oídos de los familiares de Celma. Lo que
parecía un lunes cualquiera, soleado y tranquilo, se volvió de golpe sombrío y
se hinchó de malos augurios.
En la escuela,
que también servía como hogar de los miembros de la familia Rivera Carías, la primera
en levantarse fue Helen, 42 años, para preparar su desayuno y el de su hija de
cinco años. Las dos tenían su propio cuarto, en el que dormían a gusto, aunque
en esos días estaban reparándole el techo; faltaban un par de láminas por las
que se colaban el aire y el agua, pero, por suerte, no estaban en días
lluviosos.
En otro cuarto,
donde había vivido en vida doña Tomasa con sus nietos, ya solo estaba ocupado
por los niños y Delmi.
Quien acostumbraba
levantarse más tarde que todos era Edgardo, de 31 años. Ocupaba el tercer y
último cuarto de la casa y le gustaba desvelarse escuchando música o terminando
algún trabajo pendiente en el cuarto que le tocaba a él solo. Entre semana, no
lo sacaban de la cama ni siquiera las voces de los pequeños alumnos de Mi
Segundo Hogar mientras, en la sala, la cocina y el porche pintados de verde
oscuro y verde claro, cantaban canciones de buenos días bajo la supervisión de
Helen, quien había pasado a ocupar el puesto de directora del jardín de niños y
escuela después de la muerte de Tomasa Carías.
Edgardo,
trigueño, de ojos cafés y 1.72 metros de estatura, se ganaba la vida reparando
celulares y era gay, como su hermana Celma, pero, al contrario de ella,
prefería mantenerse, como acostumbran decir los sampedranos, de bajo perfil. No daba muestras de sus
preferencias en público. La sociedad hondureña es mayormente cerrada y
machista, y quienes tienen gustos sexuales fuera de lo socialmente aceptado
tienen que lidiar a diario con el rechazo y la incomprensión.
![]() |
| Edgardo Rivera Carías, asesinado en la masacre del 1 de octubre de 2013 en Chamelecón, San Pedro Sula. |
Edgardo, a lo
mejor por precaución y por haber escuchado los comentarios sobre su hermana
mayor, había decidido que la discreción era lo más conveniente en su caso. La
familia Rivera Carías, sin embargo, conocía perfectamente cuál era su
orientación sexual. Y no solo ellos: muchos de sus conocidos y vecinos también
lo sabían, aunque nadie lo mencionaba abiertamente. Había una especie de pacto
de silencio y temor que le permitía a Edgardo evadir muchos de los problemas
que tienen quienes deciden mostrarse tal como son demasiado abiertamente.
Durante la
mañana de ese día, los Rivera Carías hicieron las cosas normales que hace
cualquier familia: desayunaron, platicaron, Helen preparó comida y las
actividades del día en la escuela, los demás sobrinos jugaron con la hija de
Helen, Edgardo envió y recibió mensajes, trabajó un poco y descansó un poco
más.
A la hora del
almuerzo, las cosas siguieron su curso normal.
Si estaban
ocurriendo cosas malas, era en un sitio lejos de la colonia 10 de Septiembre.
Después del
mediodía, cuando hacían la digestión y seguían concentrados en sus asuntos, les
dieron la noticia.
¿Cómo? ¿Celma,
raptada? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Cuando raptan a
alguien en cualquier lugar del mundo, lo primero que se siente es incredulidad:
¿Será cierto? La alarma tarda un poco en propagarse y eso fue más o menos lo
que les pasó a los Rivera Carías. Se vieron uno a otro, como buscando en sus
rostros y ojos una explicación. No hallaron nada: exactamente lo mismo que
hallarían al preguntarles a los policías, poco después.
Cuando el
pánico ocupó el lugar de la duda, Edgardo y Helen, acompañados por Delmi, se
pusieron en movimiento, sin saber qué hacer exactamente. Ir a poner la denuncia
en la posta policial de Chamelecón parecía ser el primer paso lógico.
Pero ¿ir a la
policía?
No cualquiera
se atreve a denunciar delitos en Honduras y, si se atreve, lo hace con la duda
de que alguien tratará de solucionar el problema. Denunciar un delito en
Honduras es, señala un informe de la Unah publicado en 2016, “un tema
pendiente”: solo tres de cada 10 víctimas de un delito lo denuncian. La mayoría
de quienes no ponen denuncias lo hacen, según el reporte, porque no creen que
las autoridades son eficaces; es menor la cantidad de personas que no ponen
denuncias por miedo a represalias.
Pregúntenle a
cualquier sampedrano si quiere ir a buscar a la policía para que le resuelvan
algo y, en muchos casos, seguramente les dirá que prefiere no hacerlo, que le van
a dar evasivas, que los policías están asociados con delincuentes, que nadie
averiguará nada. Y, aunque piensan de ese modo, algunos sí denuncian los
delitos en las postas en Chamelecón y en muchos otros sectores de San Pedro
Sula. Como dice la gente de acá: no les queda de otra.
Y eso fue lo
que hicieron los Rivera Carías. Fueron a la posta de Chamelecón a denunciar el
secuestro de Celma. Llamaron a gente que vio el rapto y en la posta dieron
datos, descripciones, se quejaron y rogaron, y los agentes prometieron
movilizarse para buscar a Celma.
A lo mejor,
pensaron sus hermanos, los secuestradores la habían llevado a algún sitio,
quizá incluso dentro del propio Chamelecón, para mantenerla cautiva, esperando
quién sabe qué. ¿Acaso para pedir un rescate? Era una idea extraña. Los Rivera
Carías no eran gente de dinero. La idea era horrible, pero, al menos, les daba
el consuelo de saber que Celma tal vez seguía viva.
Siguieron
preguntando, llamando gente, amigos, conocidos. Llamaron, incluso, a una
abogada especializada en casos de diversidad sexual, pero ella estaba de luto
por la muerte de un pariente cercano suyo y, de todos modos, era obligatorio
esperar 24 horas después de la desaparición para ordenar que actuaran las
autoridades.
Después del
pánico llegó la angustia. Fueron horas de retorcerse las manos, agarrarse la
cabeza, jalarse el pelo. Las mujeres de la casa lloraron.
Ya era de
noche.
A los hermanos Rivera Carías los
mataron antes de que pudieran resignarse. Después de la angustia, cuando todo
parece perdido, la gente suele resignarse, pero a ellos no les dieron tiempo.
Esa noche de lunes,
solo los niños, que no entendían lo que estaba pasando, pudieron dormir. Delmi,
Edgardo y Carmen estaban en la sala que también servía como aula, esperando
algo, lo que fuera.
Pero llegó lo
que menos esperaban.
A las doce y
pico del día siguiente, primero de octubre, uno de los sobrevivientes,
escondido en el clóset de uno de los cuartos de la escuela Mi Segundo Hogar,
hizo una llamada telefónica: “¡Están haciendo tiros!”, susurró con la garganta
hecha un nudo. Hizo una pausa y agregó: “¡Los están matando a todos!”.
A los tres hermanos Rivera
Carías, a Carmen y a Daniela los mataron por dos errores. El primero fue denunciar
el rapto en la posta policial de Chamelecón. El otro fue peor que el primero: Delmi
Rosaura fue a cierta hora de la tarde del lunes a una casa ocupada por miembros
de la temida pandilla 18 y les reclamó por el rapto de Celma. Delmi era una
mujer explosiva y ese día no pudo con la mezcla de indignación, incertidumbre y
miedo que la hacía temblar. Las cosas no podían quedarse así, pensó ella. Lo
malo fue que lo mismo, exactamente, pensaron sus enemigos.
![]() |
| "Tierra de bendición": una calle del distrito de Chamelecón, en San Pedro Sula. |
Lo que hizo
Delmi desencadenó la tragedia que causó la muerte de cinco personas y alteró el
curso de la vida de los sobrevivientes.
Entre la una y
las dos de la madrugada del día siguiente, martes primero de octubre, el calor,
como casi siempre en San Pedro Sula, comenzaba apenas a reducirse cuando tres hombres
jóvenes atravesaron el portón abierto de la escuela, apagaron las luces del
porche que también servía de aula y le dijeron a Edgardo, Carmen y Delmi que
los perseguía la policía. Quién para imaginarse que los tipos iban armados con
pistolas y que en la calle y en las esquinas cercanas había otros hombres
vigilando en espera de cualquier motivo de alerta para dar la señal a los de dentro.
Entraron en
tromba y sacaron las pistolas. Edgardo estaba descalzo y llevaba puestos jeans
y una camiseta oscura. Los tipos lo sacaron al porche a tirones y lo apoyaron
contra el marco de la puerta y le perforaron la sien de un balazo. Edgardo se
deslizó contra el marco y cayó al suelo de costado. Sobre el dintel de la
entrada todavía estaba pegado el rótulo Feliz
Día del Padre en letras brillantes, rodeado de flores y tallos de papel de
colores.
Después, el
turno mortal fue de Delmi, que había visto, en la peor de sus pesadillas, cómo
acababan con la vida de su hermano. “Ah, también venimos por vos”, dijo uno de
los asesinos. La golpearon con las cachas de las pistolas y, cuando hubo caído
al suelo, le dispararon al menos diez veces hasta matarla.
Uno de los
jóvenes le puso la pistola en la cabeza al hijo autista de Delmi y se preparaba
para apretar el gatillo cuando otro le ordenó detenerse. “A ese no”, dijo.
La siguiente
fue Carmen Valdivieso. Carmen estaba sentada en el suelo, petrificada por el
terror. “También venimos por vos”, le dijo uno de los asesinos. Se acercó a
ella, le puso el cañón de la pistola cerca del ojo (“acá te voy a dar”) y
apretó el gatillo. Los ojos de Carmen se le salieron de las órbitas. Se
derrumbó al suelo de losas claras, ya sin vida.
A los hombres
no les costó dar con más víctimas. Atravesaron la sala y en un cuarto al fondo
hallaron a Helen y a su hija, que en ese momento aún dormía a pesar de los
tiros. “Dios mío, sálvanos”, pidió Helen. Su asesino no dijo nada mientras la
mataba a balazos. El ruido, esta vez, sí despertó a la niña. Nunca supo qué
estaba sucediendo. Un tiro a quemarropa en la cabeza se lo impidió.
Días después de la masacre, la
policía de investigación sampedrana arrestó a ocho supuestos implicados.
Los sobrevivientes
de la matanza huyeron a Estados Unidos.
La escuela
quedó abandonada y está cada vez más deteriorada.
Tres días
después de la masacre, el 4 de octubre, hallaron el cadáver de Celma en las
cañeras de la colonia Ebenezer, cerca del estadio Olímpico. La habían torturado
y decapitado.
En enero de
este año comenzará el juicio oral y público contra Héctor José Díaz Escobar,
miembro de la pandilla 18 y uno de los vinculados con la masacre en Mi Segundo
Hogar.
La masacre en
la escuela y la muerte de Celma no han podido ser enlazadas por la Fiscalía.
Han pasado
cinco años desde la muerte de Celma. Su asesinato continúa impune.
jueves, 4 de enero de 2018
jueves, 28 de diciembre de 2017
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