viernes, 12 de enero de 2018
Honduras: los dos infiernos de Sandra
En la última entrega de la serie de
investigación periodística sobre la impunidad contra la comunidad LGBTI compartimos
la historia de esta hondureña, quien estuvo dos años en prisión acusada del
secuestro de su novia, un delito que nunca cometió y del que más bien fue
víctima
| Sandra Sarmiento frente al penal sampedrano, donde pasó dos años encarcelada por un crimen que no cometió. |
La
impunidad en Honduras tiene una larga sombra.
No solo se asesina impunemente, en especial a personas LGBTI. También,
como en el caso de Sandra Iluvina Sarmiento Medina, las autoridades les pisotean
sus derechos elementales y los culpables de esos hechos despreciables no
reciben ningún castigo.
Sandra tenía apenas 25 años cuando el destino le hizo la peor jugada de
su vida.
A las 12:30 de la madrugada del domingo 21 de abril de 2013, Sandra acababa
de salir con su novia y una amiga del Karaoke Club, en el primer anillo de Circunvalación,
en San Pedro Sula, cuando una camioneta negra se le cruzó en el camino al taxi
en que iban las muchachas después de haber comprado cervezas en una gasolinera.
Cuatro hombres se bajaron, obligaron al taxista a que se detuviera y metieron a
Sandra en la camioneta y a su novia en el baúl. A la amiga la dejaron irse. Los
raptores se fueron velozmente del lugar y media hora después cambiaron de
carro.
| Sandra frente al penal. Ella y su novia estuvieron secuestradas 22 días en una casa en San Manuel, Cortés. |
Las dos chicas pasaron 22 días cautivas, durmiendo en colchonetas en una
casa en la aldea Los Laureles, La Sabana, San Manuel, Cortés.
La familia de Sandra denunció el secuestro y, el siguiente domingo, 28
de abril, los familiares de la novia de Sandra recibieron llamadas de los
raptores. “Queremos cinco millones de lempiras por liberarla”, exigieron, “si
no, la matamos”. Las negociaciones entre la familia y los delincuentes
continuaron durante dos semanas.
Mientras todo esto ocurría, los secuestradores abusaron sexualmente de
Sandra, aunque ella prefirió tratar de olvidar que eso le había ocurrido. Su novia
le dijo que también habían abusado sexualmente de ella muchas veces, pero que había
decidido ocultárselo porque, según ella, la amenazaron.
Las autoridades empezaron a investigar el paradero de las muchachas
mientras el rescate exigido por los secuestradores bajaba de cinco a dos
millones. Entretanto, los secuestradores que vigilaban a las dos muchachas en
la casa empezaron a descuidarse: uno de ellos se había cubierto al principio la
cara con pasamontañas, pero con el paso de los días empezó a quitárselo delante
de ellas para ir al baño o para fumar marihuana.
El lunes 13 de mayo de 2013, los raptores redujeron el rescate a 100,000 lempiras y los familiares aceptaron pagar. Esa noche, los delincuentes recogieron el dinero en una bolsa de plástico que el emisario de la familia colocó en una valla publicitaria en Cofradía. Poco después, entre las 8.00 y 9:00 pm, liberaron a Sandra y a su novia en Villanueva.
El lunes 13 de mayo de 2013, los raptores redujeron el rescate a 100,000 lempiras y los familiares aceptaron pagar. Esa noche, los delincuentes recogieron el dinero en una bolsa de plástico que el emisario de la familia colocó en una valla publicitaria en Cofradía. Poco después, entre las 8.00 y 9:00 pm, liberaron a Sandra y a su novia en Villanueva.
Sandra estaba libre, pero ese había sido apenas el primer capítulo de su
pesadilla.
“Vos sos
Sandra, ¿verdad? Subite al carro”, dijeron los policías.
Los agentes llegaron sin orden de captura, según Sandra, el 26 de junio
de 2013, a la casa donde ella vivía en el barrio Cabañas, y las obligaron a
meterse a ella y a la hija de su prima en el automóvil policial. Habían pasado
dos meses y cinco días desde el secuestro. Las autoridades allanaron ese mismo
día la casa donde Sandra y su novia estuvieron cautivas y detuvieron al dueño
de la casa y miembro de la banda de plagiarios.
![]() |
| La justicia de Honduras culpó a Sandra Sarmiento del secuestro de su novia. |
“Nos llevan detenidas”, le dijo Sandra por teléfono a la dueña de la casa para que le avisaran a su prima.
Un violento giro de las circunstancias había hecho que Sandra dejara
bruscamente de ser víctima y la había convertido en criminal. En poco más de un
mes desde su liberación, sus problemas se habían multiplicado y ella ni
siquiera lo sabía.
Todo comenzó cuando las autoridades averiguaron que Sandra había
mantenido comunicación desde su celular con los secuestradores. La novia de
Sandra acabó de enterrarla al declarar que no la había visto en ningún momento
durante los 22 días que duró el secuestro en la casa de Los Laureles.
Inmediatamente después de las revelaciones policiales sobre los supuestos
vínculos entre los delincuentes y Sandra, su novia decidió romper con ella.
Durante la captura y cuando iban en camino a las oficinas de
Antisecuestros no le dijeron a Sandra por qué las llevaban. En las oficinas
preguntó por qué las tenían allí, pidiéndoles huellas e identificaciones, y les
dijeron simplemente “porque están detenidas”.
Si el secuestro la había deprimido y el abuso sexual le había dejado una
herida tan honda que se negaba a aceptar que algo así realmente le había
ocurrido, recibir el choque de su detención por siete delitos fue ya demasiado
para Sandra. Se derrumbó al saber que su arresto se debía a las supuestas
llamadas hechas desde su celular a uno de los secuestradores. En qué cabeza cabía
algo así, pensaba Sandra.
A Sandra,
la suerte se le había dado vuelta dos veces.
Los siete delitos de los que acusaban a las tres parientes se redujeron
al final a uno solo: el de secuestro. Todo parecía parte de un plan
cuidadosamente tramado para hundir a Sandra y llevarse de encuentro a sus
parientes. A pesar de estar deprimida y derrotada, Sandra fue capaz de atar
cabos y sospechar que había algo más siniestro detrás de las acusaciones contra
ella. Estaba segura, ya desde esos días, de que sus problemas procedían de un
agente policial que se estaba encargando de sembrarle el camino de pruebas
incriminatorias. Así, por ejemplo, el agente insistió en que Sandra y el
secuestrador arrestado estuvieran lo más cerca posible siempre que los llevaran
esposados. “Para que la familia
viera que nosotros éramos los secuestradores y yo tenía que ver con él”, dice
Sandra.
| Un agente policial plantó las pruebas para inculpar a Sandra y mantenerla encarcelada en el penal. |
Las sospechas de Sandra quedaron confirmadas cuando, tiempo después,
averiguó que el agente del que sospechaba era realmente el cerebro del
secuestro. Y no solo eso: además era el amante de una pariente de la novia de
Sandra. El motivo detrás del rapto era la aversión que la familia de la novia
de Sandra sentía hacia sus preferencias sexuales; estaban dispuestos a hacerla
a cambiar y para lograrlo planearon el plagio de las dos muchachas.
Sandra y su prima pasaron seis días encarceladas, esperando la audiencia
inicial; entretanto, a la hija de su prima le dieron arresto domiciliario
porque acababa de dar a luz un bebé. El abogado público asignado a Sandra no se
anduvo con rodeos: “Estás hasta la madre”, le dijo, “mejor declarate culpable”.
Para Sandra, aquello fue el colmo: ¿por qué echarse la culpa de algo que
no había hecho? Le parecía ridículo. “Déjenlas ir, aunque sea”, rogó,
refiriéndose a sus parientes. “¿Qué tienen que ver? Quieren conmigo. Es a mí a
quien van a hacer daño. No que por unas llamadas”.
Seis días después, en la audiencia inicial, continuaron ocurriendo cosas
extrañas. Dos pruebas importantes no se presentaron: la denuncia de la
desaparición o secuestro presentada por la familia de Sandra en la Primera
Estación policial sampedrana y el dictamen de abuso sexual emitido por la
médica forense. “El tamal está hecho”, dijo un abogado.
En cambio, nunca se presentaron pruebas decisivas en contra de Sandra ni
de su prima que, por los enredijos del sistema, fue a dar con ella al Centro
Penal sampedrano. Aunque los acusadores aseguraron que había escuchas
telefónicas que implicaban a Sandra, tales evidencias nunca se presentaron y
los policías que supuestamente iban a declarar en contra de ella jamás lo
hicieron. Un informe de la Coalición contra la Impunidad parece resumir la
experiencia de Sandra y de otras mujeres como ella; el documento indica que las
leyes hondureñas no garantizan el pleno goce de los derechos de la diversidad
sexual. Las ideas equivocadas sobre las personas LGBTI, añade el reporte,
permiten que se cometan contra ellas toda clase de acto violentos y violaciones
de sus derechos.
El dinero se les acabó a Sandra y a su familia.
Al quedarse sin los servicios del abogado porque cobraba honorarios que
ni Sandra ni sus parientes podían costear, a ella no le quedó más remedio que
aguantarse y prepararse para lo peor.
Y lo peor ocurrió: estuvo dos años en prisión. “Lo único que me tocaba
era esperar”, dice Sandra.
Pero no solo el sistema le dio la espalda. Sus familiares también la abandonaron
y la culparon de arrastrar con ella a sus parientes. Las relaciones con la
familia de su prima se volvieron imposibles. Solo la hermana de Sandra se
preocupaba por ella y llegaba a visitarla.
Por suerte, durante la larga espera, Sandra conoció dentro del penal a
una mujer con la que tuvo una relación amorosa. Si no hubiera sido por esa persona,
Sandra no sabe qué hubiera sido de ella en el ambiente enrarecido y rudo tras
las rejas. Durante los dos años de encierro, Sandra compartió espacio con casi
100 mujeres. Algunas de ellas le propusieron tener romances, pero ella se
resistió hasta que conoció a la reclusa con la que vivió en prisión.
Nadie se atrevía a cometer abusos sexuales en el penal porque el conocido preso
Chepe Lora, en aquel tiempo coordinador del reclusorio, mantenía a raya a los
violadores, moviéndose de celda en celda en medio de más de una docena de
guardaespaldas armados. A Sandra le tocaba esconderse cada vez que había
reyertas en las celdas.
En el penal había una estricta separación de grupos. En un único módulo
en el centro estaban las mujeres revueltas con los hombres y, en los módulos a
derecha e izquierda, los miembros de las dos pandillas más conocidas de
Honduras.
La visita de su hijo de 13 años fue uno de los momentos más duros del encarcelamiento
de Sandra. Aunque desde los 12 años de edad prefería tener relaciones con
mujeres, quedó embarazada a los 16, pero se resistió a la idea de atarse a un
hombre. Había escapado de ese yugo y desde los 17 había ido de trabajo en
trabajo: desde comedores hasta talleres de carros.
En 2015, su
pesadilla acabó.
Indyra Mendoza, coordinadora
de la organización Cattrachas, la ayudó a salir de prisión. La defensa privada
constató que habían sido implantadas todas las pruebas en contra de Sandra y
sus parientes y la fiscalía retiró los cargos contra las tres. Sandra dice que
toda la trama en su contra fue una manera de hacer que se alejara de su novia.
“Si me hubieran dicho, la dejo en vez de hacerme pasar por todo esto”.
Aunque salió de prisión y hoy está tranquila, se le ha hecho difícil
hallar trabajo porque todo el mundo conoció su caso. Vive con su hermana y su
hijo llega a visitarla los fines de semana.
| Tras dos años de prisión injusta, Sandra salió del penal en 2015. "Justicia es lo que no hay aquí", dice. |
“Justicia”, dice Sandra, “es lo que no hay aquí para nadie. Hay justicia
cuando tenés cómo pagar”.
El 14 de octubre de 2016, el agente que conspiró contra Sandra fue depurado
de la policía.
martes, 9 de enero de 2018
René Martínez, el líder LGBTI silenciado por la violencia
En esta quinta entrega de la serie periodística
sobre la impunidad en los crímenes contra personas LGBTI en Honduras, la
historia de René Martínez, líder político y comunitario del distrito de
Chamelecón, en San Pedro Sula
![]() |
| René Martínez vivía en Chamelecón y era presidente de la Comunidad Gay Sampedrana. |
La frontera es una calle entre las colonias San Juan y 15 de Septiembre en
el distrito de Chamelecón, al sur de San Pedro Sula, que divide los territorios
donde imponen su ley a la fuerza, por medio de las amenazas, el caos y la
muerte, las más violentas pandillas de Honduras: la Salvatrucha y la 18. Esa
franja divisoria es un territorio extraño y cruzado de callejones.
El hallazgo del cadáver de Reny, estrangulado y con señales de tortura,
es como un comentario cruel en la horrorosa página de su muerte porque René,
también llamado Reny, se movía, como muchos miembros de la comunidad LGBTI, en
una frontera incómoda entre los prejuicios y la aceptación, la simpatía y el
odio.
A pesar de las luchas diarias que, por la forma de vida que han
escogido, deben afrontar los miembros de la comunidad a la que pertenecía, Reny
se convirtió en un líder de los grupos LGBTI de la costa norte de Honduras. El
esfuerzo continuo para imponerse ante la sociedad como seres humanos dignos de
respeto y participación no era, en el caso de Reny, una excusa para dejar de
actuar, sino, al contrario, el motor que lo impulsaba. Trabajaba en muchas
áreas. Era procurador de derechos humanos, voluntario del Centro de Alcance y
del patronato de la colonia Suyapa, presidente de la Comunidad Gay Sampedrana
para la Salud Integral, empleado de la alcaldía y activista del Partido
Nacional. Trabajaba también en proyectos financiados por la Unión Europea y Estados
Unidos.
La multitud de intereses que caracterizaba a Reny no era algo nuevo. En
la adolescencia incluso había acariciado la idea de convertirse en sacerdote,
pues desde que era niño se involucraba en las actividades de la Iglesia
católica.
A comienzos de junio de 2013, cuando lo raptaron para matarlo, Reny tenía
una semana de haber celebrado su cumpleaños número 40 en un local comunitario con
sus compañeros y amigos más cercanos. Hacía poco tiempo había regresado de un
viaje a República Dominicana.
La mañana del secuestro, Reny, de piel trigueña clara y cabello
ondulado, salió de la casa de la Suyapa donde vivía con su mamá, su hermana y
sus cuatro sobrinos. Estuvo, como siempre, sumamente ocupado, coordinando
actividades y yendo de un lado a otro para cumplir sus muchas ocupaciones y sus
compromisos familiares y políticos.
Era un día normal de mayo, nublado y caluroso, y Reny se vistió normalmente,
como le gustaba. Había una contradicción interesante entre la poca vistosidad
en la forma de vestirse de Reny y su personalidad abierta y desacomplejada. Regresó
a casa por la tarde y estuvo descansando hasta las 6:00 pm. A esa hora, su
madre escuchó que lo llamaban y lo vio salir, supuestamente al Centro de
Alcance donde ofrecía sus servicios como voluntario.
Esa fue la última vez que ella lo vio con vida.
Reny no ocultaba sus preferencias sexuales y estaba orgulloso de ser
como era. Su romance más reciente con un joven había terminado hacía poco. Pero
incluso su vida amorosa estaba en segundo plano respecto a su trabajo
comunitario y sus ambiciones políticas: se estaba preparando para aspirar a una
diputación suplente porque entendía que eso podría permitirle impulsar más los
proyectos e ideas que llevaba desarrollando desde hacía años.
Una de las frases favoritas de Reny era “voy a hacer que la Suyapa sea
la mejor”. Su trabajo integral abarcaba todos los frentes. Estaba preocupado
por mejorar los servicios comunales en su colonia por medio de su trabajo en el
patronato y su activismo en política, y anhelaba rescatar a los jóvenes en
riesgo dándoles la oportunidad de desarrollarse en los Centros de Alcance. Reny
era una de las voces de la Suyapa porque, según el punto de vista de algunos
vecinos, las instituciones comunales eran, como suele decirse, de bajo perfil.
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| Una de las frases favoritas de René Martínez era "haré que la colonia Suyapa sea la mejor". |
Una de las labores más importantes para Reny estaba en la presidencia de
la Comunidad Gay de San Pedro Sula. Sin embargo, trabajar con tantas
instituciones y en labores vistas con sospecha por ciertos sectores retrógrados
de la sociedad era, también, una posible causa de dificultades para Reny. Tenía
en contra, por un lado, la envidia de quienes podían ver de menos el talento de
Reny para abrirse paso en la vida política local; por otro lado estaban quienes
rechazan a las personas pertenecientes a la comunidad LGBTI.
En 2014, Reny dio un paso
gigantesco en su trabajo a favor de la comunidad gay al conseguir que la
alcaldía sampedrana y los sectores LGBTI se acercaran.
A pesar de toda su labor por la comunidad, o tal vez más bien a causa de
ella, Reny se había conseguido enemigos.
Esos enemigos fueron quienes pusieron en marcha los acontecimientos que
acabaron con su vida.
El cadáver de Reny estaba ennegrecido por el
sol, sin heridas visibles.
Las autoridades llegaron a recoger
el cuerpo el miércoles primero de junio sin saber que era él. No le hallaron
documentos y los rayos del sol le habían quemado tanto la piel que nadie supo
al principio de quién se trataba. Lo hicieron ingresar como desconocido.
Días antes de que lo hallaran en la frontera, Reny no había llegado a
dormir a la casa que compartía con sus familiares, pero su madre no se preocupó
en exceso. Sabía que Reny se quedaba en ocasiones en otras casas, donde lo agarrara la noche, como dicen
los hondureños, porque no le agradaba la idea de arriesgarse inútilmente. Sus
amigos aseguraban que Reny no había recibido amenazas serias, al menos no que
ellos supieran.
El jueves 2 de junio, segundo día de
la desaparición, comenzaron las llamadas para saber dónde se encontraba Reny
sin saber que, esas alturas, su cuerpo ya estaba como desconocido en los
congeladores de la morgue sampedrana. Empezaron a postearse fotografías de Reny y mensajes en las redes sociales
pidiendo información sobre su paradero. Reny era un aficionado a las redes
sociales y las usaba a diario, entre otras cosas, para movilizar a sus
compañeros en la alcaldía y el movimiento gay que presidía. Publicaba, en las
redes, noticias sobre todas las actividades en que estaba involucrado porque
opinaba que el público era demasiado indiferente y se hacía necesario
mantenerlo informado de todas las maneras posibles. Su intención era que la
comunidad estuviera en movimiento, resolviendo la gran cantidad de problemas de
la colonia Suyapa y de todo Chamelecón. Era tan insistente en sus mensajes que
sus amigos le decían, en broma, que a veces no los dejaba dormir.
La madre de Reny estaba muy
preocupada, pero aun así todavía le quedaban esperanzas.
![]() |
| El distrito de Chamelecón está el sur de San Pedro Sula. |
Al tercer día, viernes 3, ya no era
posible esperar más. La madre de Reny fue a los sitios de rigor a los que va
todo hondureño que no ha sabido nada de un familiar durante días. Uno de esos
lugares es la morgue de Medicina Forense, al noroeste de San Pedro Sula, en la
colonia Jardines del Valle. Ella llegó a la morgue, pero no pudo identificar a su
hijo, aunque Reny estaba ya entre los cadáveres en depósito.
Horas después, representantes del
Partido Nacional se dirigieron a Medicina Forense y lograron identificar el
cuerpo de su compañero: sí, era Reny.
La búsqueda había terminado.
El caso de René Martínez sigue abierto.
Durante los primeros siete meses
después del hallazgo del cuerpo de Reny, muchos sectores siguieron de cerca su
caso porque varias instituciones con las que él mantenía vínculos, entre ellas
la Unión Europea y la embajada de EUA, insistían en que las autoridades hondureñas
se ocuparan de resolver el crimen y capturar a los culpables materiales e
intelectuales del asesinato de Reny.
El caso, aparentemente, se había
dado por cerrado cuando miembros de la Policía Militar del Orden Público (PMOP) mataron, la tarde del 26 de junio de
2016, a Walter
Odelí Villanueva Sánchez, alias el Bunker, supuesto implicado en la muerte de Reny, cuando
con varios
compañeros suyos se enfrentó a tiros a los agentes.
Sin embargo, el portavoz del
Ministerio Público de San Pedro Sula aseguró en noviembre de 2017 que la investigación
sigue abierta.
Enterraron a René Martínez el sábado
4 de junio de 2016 en el cementerio municipal de la colonia Buenos Aires, en
Chamelecón. Cubrieron el ataúd con la bandera multicolor del movimiento gay y
con la bandera verde de su equipo, el Marathón, de San Pedro Sula.
Solo dos o tres de los compañeros de
Reny en el movimiento gay siguieron yendo a la oficina porque a la mayoría le
dio miedo presentarse. Una de sus muchas razones para dejar de ir fue que los
policías llegaban cuando menos los esperaban con la intención de llevarse gente
para las investigaciones. La falta de apoyo institucional también influyó en la
desbandada. En los últimos meses de 2017 se ha estado hablando de cerrar
definitivamente la oficina del movimiento.
A pesar de que las autoridades
hondureñas recibieron la cooperación de EUA por medio de un investigador
colombiano en el caso de Reny, hasta la fecha, los autores intelectuales de su
asesinato siguen libres.
lunes, 8 de enero de 2018
El último día del bailarín hondureño Nino Emil Ramos
Impune como más de 200 asesinatos contra la comunidad LGBTI, la muerte en febrero de 2016 del bailarín progreseño Nino Emil Ramos dejó un hueco en la comunidad artística de Honduras
Adiós al Billy Elliot hondureño
En la cuarta entrega de la serie sobre la impunidad en los homicidios contra la población LGBTI en Honduras, el relato del último día en la vida del joven bailarín de ballet Nino Emil Ramos
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| Nino Ramos era un sobresaliente bailarín progreseño. |
Desde niño soñaba con bailar: algunos lo comparaban con el
protagonista de la película Billy Elliot,
ya que traía en las venas la pasión por la danza. Nino Emil Ramos Flores salió de
su casa el viernes 12 de febrero de 2016 a las 9:00 pm.
Unas horas después, lo hallaron
muerto a machetazos.
La historia de Nino es única e
irrepetible como la de las 280 personas LGBTI que, según la organización
Cattrachas, han muerto violentamente en Honduras desde 2008 hasta diciembre de
2017.
Si en algo se parecen casi todas
esas muertes, es en que no hay culpables capturados por ellas. De hecho, según
las estadísticas de Cattrachas, al menos 60 casos del total de 280 han sido
judicializados. En el caso de Nino, quien siempre mantuvo en privado su
orientación sexual, a la impunidad por no haber sido ni siquiera judicializado se
agrega la sospecha de sus familiares de que las autoridades no se han tomado en
serio su trabajo ni han hecho todo lo posible por encontrar a los responsables
del crimen.
El día en que desapareció, Nino tenía
mucho que hacer. Era un joven activo, atlético, trabajador y jovial. Como se
acostumbra decir, era el centro de la fiesta, siempre alegrando con su risa
contagiosa a quienes lo rodeaban. Era viernes, sábado chiquito, como dicen en las ciudades hondureñas, y ni
siquiera el pronóstico de lluvia le quitaba la alegría a Nino. De hecho, los
días lluviosos eran sus favoritos: cuando hacía frío y llovía le gustaba dormir
de más.
Arregló las cosas de su cuarto en la
casa situada en la frontera entre las colonias Palermo y Fraternidad de la Paz,
en El Progreso, donde vivía. Dejó la camera y las fundas de su cama
perfectamente alisadas, como le habían enseñado en el Liceo Militar del Norte,
donde sacó la secundaria. Se bañó y se vistió. Le puso comida a Delilah, la
perrita de raza husky que su hermano Cristian
le había regalado en diciembre del 2015, y jugó un poco con ella. Delilah
dormía en la cama de Nino; él la llevaba a todas partes y la llamaba mi hija. Era una perrita vivaz, de pelo claro.
Temprano por la mañana recibió una
llamada de su prima Diana Ramos. Nino, que esa tarde tenía que ir a San Pedro a
arreglar asuntos de trabajo, le prometió traerle un celular que le estaban
reparando. Él trabajaba desde hacía 12 años como administrador del negocio
familiar, la Hojalatería Ramos, fundada 30 años atrás por su padre, Bernandino
Ramos Funes.
Nino había decidido abandonar el
baile porque no ganaba bien en su último trabajo en la danza y porque, como les
había contado a sus amigos y familiares, en Honduras a nadie le importaban las
artes. Había resuelto dedicarse por entero a trabajar con su familia en el
negocio situado en la segunda calle de la colonia Palermo para obtener mejores
ingresos y apoyar a su familia; en la hojalatería, las cosas no iban bien y estaba
casi en la quiebra.
A pesar de sus nuevos planes, bailar
profesionalmente había sido durante años su pasión principal. Cuando su madre
partió a Estados Unidos en el año 2000, llevándose a su hijo menor, Nino no
pudo sacar los papeles para irse con ellos porque ya tenía 17 años, una edad
demasiado avanzada, según las leyes estadounidenses. El destino trabaja de
formas extrañas: si Nino se hubiera ido de Honduras hace 17 años, su historia
sería distinta y no tendríamos que escribir este relato. Su tía se convirtió en
su segunda madre. A los 18 años de edad, Nino se fue a vivir a Tegucigalpa,
donde se aficionó al baile y, más tarde, a la danza árabe y al estilo llamado bellydance, o baile del vientre, al
conocer en la universidad a la bailarina Jimena Carías.
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| Nino Ramos vivió en Tegucigalpa, donde se aficionó al baile. En San Pedro Sula trabajó para Adagio Dance Studio. |
Después de graduarse de mercadotecnia,
Nino se mudó a San Pedro Sula, donde continuó practicando baile y recibió
clases del periodista y bailarín Georgino Orellana, quien, por cierto, fue asesinado
el 20 de abril de 2010 cerca del estadio Francisco Morazán. Nino trabajó en
Adagio Dance Studio, en la 9 calle y 14 avenida, y organizó eventos
internacionales, como la presentación de la bailarina estadounidense Sadie
Marquardt en el teatro Francisco Saybe en agosto de 2013.
Cuando Nino murió, tenía unos tres
años de haber regresado a vivir en El Progreso.
El cuarto de Nino tenía forma de
U, con dos puertas, la que comunicaba con el garaje y la que daba a la sala de
la casa. Después del almuerzo salió por la puerta que daba a la sala.
Llegó a las 2:00 pm, solo,
manejando el pickup del negocio de su papá, al bufete donde trabajaba su prima
Diana para recoger el papel con el que iba a reclamar el celular en el taller
de San Pedro.
Estuvo en el trabajo de Diana
hasta un poco después de las 3:00 pm. Volvió a subirse en el pickup y se fue a
San Pedro Sula. Un poco después, Diana intentó hablar con él por teléfono, pero
no le contestó; su celular sonaba apagado. Más tarde, ella volvió a intentar
comunicarse, esta vez por Facebook, pero nada. Diana no se preocupó demasiado,
pero ella y Nino eran como hermanos y pasaban pendientes uno del otro. Eran uña
y carne.
![]() |
| Nino Ramos organizó presentaciones de baile nacionales e internacionales. |
A las 7:40 pm, Nino volvió a la
casa de Diana, pero sin el celular. Se disculpó, diciendo que no le había
quedado tiempo de recogerlo. Diana lo hizo prometer que iría al día siguiente a
traer el teléfono y ella, a su vez, le prometió recordárselo llamándolo a las
7:00 am. Quién para saber que ninguna de las dos promesas se cumpliría.
Nino se quedó platicando con su
prima mientras ella cuidaba a su niña. Diana era el único de sus familiares con
quien Nino podía hablar abiertamente de su orientación sexual. Con el resto de
su familia, en cambio, optaba por mantenerse en silencio.
Diana preparó el pepe, como llaman
al biberón en Honduras, de su hija mientras Nino sostenía a la bebita que, en
un descuido, se le orinó encima. Diana tomó a la niña y, en ese momento, Nino
recibió una llamada a su celular. “¿Dónde estás? Bueno, ya voy”, le dijo a su
misterioso interlocutor.
La tía de Nino le ofreció cena,
pero él no la aceptó porque, según dijo, ya había comido y andaba el estómago
lleno. Eran las 8:00 y Nino se despidió. Diana, con su bebé en brazos, fue con
él hasta la puerta, pero no lo acompañó más lejos porque estaba lloviendo
fuerte. Lo vio alejarse, reflejado en los charcos de la calle.
Todo estaba bien. Diana se imaginó
que Nino aprovecharía el frío que tanto le gustaba para irse a casa a dormir
bien arropado. Pero el infortunio llega sin avisar.
Esa fue la última vez que Diana lo
vio con vida.
Las cosas empezaron a torcerse entre 5:00 y 6:00 am del
sábado 13, cuando Diana llamó a Nino para recordarle que le trajera el teléfono
de San Pedro Sula y el celular sonó apagado. Siguió llamándolo toda la mañana,
pero tuvo la misma suerte. Diana desistió de seguir llamando y se dedicó a las
tareas de la casa hasta las 11:00 am, cuando la madrastra de Nino la telefoneó
preguntándole por él. “Lo ocupan para algo en la hojalatería”, dijo. Diana le
contó lo de las llamadas, colgó y siguió ocupada con su niña.
Esa tarde, Lesly Flores, madre de
Nino, llamó a Diana. La señora se había vuelto a casar en EUA y estaba en
Honduras porque planeaba establecerse de nuevo en su país de origen. Preguntó
por Nino y Diana contó la historia; agregó que era mejor ir a la policía porque
el asunto se le hacía extraño. Nino no dejaba el celular apagado, argumentó.
“Él no es así”.
Doña Lesly llamó otra vez a Diana
a las 4:00 pm y Diana volvió a decirle lo mismo: el celular de Nino sonaba
apagado. ¿No era mejor ir a la policía? Diana se ofreció a ir con ellos a la
jefatura, pero oyó la voz del padre de Nino hablando al fondo: “Mejor no. Esa
misma pasada la ha hecho Nino ya antes. ¿Para qué hacer tanto escándalo?”. Diana
pensó que eso no era del todo cierto: cuando Nino se iba de casa, siempre
avisaba.
Esa noche había un evento en San
Pedro Sula en el que estaba el periodista Sabino Gámez, uno de los mejores
amigos de Nino. Desesperada por saber de Nino, Diana se fue al evento y le
preguntó a Gámez si sabía algo. Gámez empalideció al decir que no y,
preocupado, llamó a otro amigo de Nino. Su amigo contó que Nino le había
propuesto ir al estadio ese sábado temprano a ver el partido del equipo de
fútbol Honduras Progreso, pero le había sugerido que, en vez de ir al estadio,
fueran a tomar algo. Nino no aceptó. Eso fue lo último que su amigo supo de
Nino.
El domingo, la madre de Nino llegó
a casa de Diana. Estaba llorando, los ojos hinchados, angustiada, sin saber qué
hacer. ¿Dónde, dónde estaba Nino?
Decidieron ir a la policía. Antes
de irse, Diana telefoneó al abogado Marlon Rodríguez y él prometió llegar más
tarde a ayudarlas. Ella y doña Lesly llegaron a la posta de la Policía Nacional
frente al cementerio. Diana puso la denuncia presentándose como hermana de Nino.
Esperaron que las dejaran pasar y Diana le enseñó a un investigador la foto del
carro de Nino, un Pontiac Vibe blanco del 2007 que el hermano de él le había
regalado cuando Nino cumplió 33 años un mes antes, el 21 de enero.
El investigador terminó de apuntar
todos los datos que le estaban dando, vio la foto del Pontiac blanco e hizo una
mueca de intriga. Diana quedó igual de intrigada al ver la cara del
investigador, quien le pidió a la mamá de Nino el fólder con los documentos del
carro y comenzó a dirigirse a la puerta trasera. “Espéreme acá”, le dijo a
Diana al ver que ella se levantaba del asiento. Diana no hizo caso. El
investigador salió y lo que Diana vio hizo que su corazón le saltara dentro del
pecho.
El carro de Nino estaba en el
estacionamiento.
Lo habían hallado abandonado y
encendido en la colonia San Jorge.
Diana sintió que el cuerpo se le aligeraba.
El carro estaba sucio, pero intacto y sin abolladuras. Entonces, a lo mejor,
Nino estaba preso por haber cometido alguna travesura. Tenía sus momentos de
locura, como mucha gente, y con unos tragos encima… Ya antes había hecho
algunas cosas indebidas cuando salía con sus amigos, pero nada grave, en
realidad. Sí, a lo mejor era eso, respiró Diana.
En ese momento llegó el abogado
Rodríguez, saludó a Diana y su madrina y se puso a platicar con los
investigadores. ¿Usted conoce a Nino Emil Ramos?, le preguntaron. Claro, dijo,
lo conocía desde que estaba así de chiquito. ¿Cómo es él?, le preguntaron a
Diana. Un muchacho blanco, sin tatuajes, con frenillos en los dientes, ¿por
qué? El policía le mostró la pantalla de su celular al abogado, pero se
descuidó y Diana le arrebató el teléfono. Sintió que el piso se hundía.
En la pantalla aparecía Nino, sin
camisa, con jeans y faja, cubierto de sangre y heridas, los brazos
completamente lacerados, tirado en algo parecido a un solar baldío. Lo habían matado
de diez machetazos, casi todos en el cuello.
Nadie ha pagado por la muerte violenta de Nino Emil Ramos.
Como es común en Honduras, su caso ni siquiera está
judicializado. Se encuentra, por así decirlo, en el vacío investigativo al que
van a dar los miles de expedientes de personas que, como Nino, mueren violentamente
cada año en Honduras. Luis Velásquez, sociólogo que trabaja para el Centro Universitario
Regional del Litoral Atlántico, opina que casos como este no son prioridad para
las instituciones públicas porque no se trata de miembros de las familias de
mayor poder político y económico del país y porque falta demanda social de
justicia.
A Nino lo raptaron tres hombres,
según los policías. Uno de los secuestradores -y, luego, asesinos- condujo el
Pontiac blanco mientras los otros dos agarraban a Nino. Había, agregaron los
investigadores, señales de lucha dentro del carro: un navajazo o puñalada que
tasajeaba el asiento de enfrente, al lado del conductor.
Nino era joven y fuerte, medía
1.86 metros de estatura, llevaba años de ejercitarse con el propósito de
mantenerse flexible para el baile y solía transportar sobre los hombros grandes
cargas en su trabajo en la hojalatería. Debido a la fortaleza física de Nino, según
las investigaciones, logró escaparse en algún momento, pero sus raptores
volvieron a agarrarlo y lo metieron dentro del baúl del Pontiac. En la tapa del
baúl se veían las marcas de las suelas de sus zapatos.
La policía asegura que Nino fue
asesinado la madrugada del sábado 13. Por sus características, el asesinato de
Nino es un crimen de odio debido al ensañamiento con que sus asesinos lo
cometieron. Para el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional
Autónoma, las personas de la diversidad sexual como Nino son extremadamente
vulnerables y expuestas a agresiones físicas y emocionales.
La justicia hondureña es casi tan
escurridiza como los maleantes que tienen sitiados a los ciudadanos comunes. En
2008, cinco personas pertenecientes a la diversidad sexual fueron asesinadas y
la cifra no ha dejado de aumentar, con leves decrecimientos a lo largo de los
años y dos picos: 40 en 2012 y 37 en 2015, el año antes de que mataran a Nino.
El caso de Nino Emil Ramos es una
muestra de la enorme dificultad de que los seres queridos de una persona
asesinada, sea o no LGBTI, obtengan justicia. Después de incontables llamadas
telefónicas y visitas a los responsables y fiscales encargados de llevar el
caso de Nino, la familia solo obtuvo evasivas durante ocho meses de insistencia.
La fiscalía les decía que estaban investigando, que los llamarían en un día
determinado, que acababan de cambiar fiscal y el nuevo no conocía los
expedientes.
Los familiares de Nino fueron de
fiscal en fiscal, de oficina en oficina, de investigador en investigador e
insistían tanto que sintieron en algún momento que los encargados del caso
comenzaban a verlos con antipatía y rechazo. Los policías jamás les dieron el
dictamen de la autopsia y, aunque aseguraban que se había hecho un vaciado
telefónico, nadie vio pruebas de que tal procedimiento se haya llevado a cabo.
Los Ramos tuvieron un momento de
esperanza cuando un equipo de investigadores entrenados por Estados Unidos y
especializados en crímenes de odio contra la comunidad LGBTI se entrevistaron
con la familia, días después del entierro de Nino.
Pasaron los días y las cosas
quedaron iguales.
El domingo 14, dos días después de la desaparición de Nino,
su papá y otros familiares y amigos habían llegado a la morgue de Medicina
Forense en la colonia Jardines del Valle, al noroeste de San Pedro Sula, cerca del
centro regional de la Universidad Nacional Autónoma, para reclamar su cadáver.
Lo sacaron de la bolsa para meterlo al carro donde se lo llevaron. El cuerpo
tenía profundas cortaduras en el estómago que los empleados de la morgue habían
intentado coser con grapas.
| Nino Ramos tenía 33 años cuando lo asesinaron. |
Nino Emil Ramos Flores, descrito
como trabajador y soñador por Sabino Gámez y como una luz por Sadie Marquardt,
fue velado en la sala de la casa de un solo piso y de paredes de color salmón
donde él vivía con su padre y madrastra en la colonia Palermo. Sobre el ataúd,
su familia puso arreglos florales y fotos de Nino en traje de baile y con el
uniforme del Liceo Militar del Norte donde estudió. Al final del velatorio
llevaron el féretro por las calles de tierra hasta el cementerio Amor Eterno.
Mucha gente fue al entierro.
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